AUTOR/ES: Rafael Torres
ISBN: 9788497347174
AÑO: 2008
EDICION: 1ª
IDIOMA: Castellano
ENCUADERNACIÓN: Cartoné
PÁGINAS: 296
DIMENSIONES: 16x24
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NOVEDAD
PUNTOS CLAVE: Por las páginas de este libro desfilan personajes y sucesos que hundieron España en el infierno de la guerra más brutal y devastadora que hasta entonces había padecido. Este conflicto sentó las bases de los siguientes enfrentamientos civiles que asolarían el país hasta el de 1936-1939, dado su moderno componente de enfrentamiento ideológico. Fue una guerra de todos contra todos, de bandos absurdos, intercambiables y, a menudo, equivocados, en contra de lo que se ha vendido hasta ahora. No fue estrictamente de independencia, Fernando VII no representó más que José los intereses de la Nación y ni tan siquiera estalló de la voluntad popular. Produjo un saldo enorme de patriotas con el alma escindida, de hombres y mujeres —afrancesados, ilustrados, liberales, gente de paz...— que mantuvieron la lucha dentro de su propio corazón. Rafael Torres aborda en éste libro la génesis, el desarrollo y los episodios más esperpénticos de la primera guerra civil española. Se enfrenta a un duro viaje al pasado con el apoyo de los testimonios de los protagonistas de la tragedia. Aquellos salvados del olvido por haber quedado impresos en memorias, relaciones, gacetas, bandos, proclamas y demás documentos, trufándolos con sus propias y personales aportaciones.
CONTENIDOS: Primeras páginas del libro: I EL ÍDOLO DE AL CAPONE Introducción Jack Bilbo, el célebre gangster de Chicago, dedicó en sus memorias —traducidas y publicadas en España por la editorial Fénix en 1933— una especial atención al que había sido su compañero de crímenes y correrías durante los años de plomo de la Prohibición, Al Capone, pero cuando ambos se reunieron para rememorar los viejos tiempos, el gran bandido italiano sólo habló de Napoleón Bonaparte. Para Al Capone, Napoleón —en cuyo espejo se había abismado desde chico para construir su propia personalidad— había sido un gran hombre, pero demasiado pequeño, y su perspicaz amigo Jack creyó advertir, cuando le entrevistó para sus memorias, que se ufanaba en la creencia de haber mejorado, por su mayor enjundia corporal, el modelo. No es que creyera Capone que el natural desmedrado del emperador de los franceses fuera la única causa de su Waterloo y de su Santa Elena, sino también el sentimentalismo («El sentimentalismo es el peor peligro que nos amenaza en la vida. Es preciso desprenderse de él, si no está uno perdido») y la familia, sobre todo la familia, pero sí le intrigaba sobremanera el misterio de la desproporción entre un cuerpo tan ruin y la descomunal grandeza que, según él, contenía: Fue grande. No conozco otro más grande. Pero era un hombre pequeño con una cabeza de estatua. No tenía pestañas ni cejas. Tenía los ojos desnudos. Era ésta la particularidad de la mirada de Napoleón, mirada que penetraba hasta el corazón y hasta la médula. Un hombre así no se presta fácilmente al retrato. Afortunadamente para él, no existían todavía esas chinches que se llaman fotógrafos; sin embargo, un día u otro debía descorrerse el velo. La verdad se revela siempre después de la muerte. Para saber qué cuerpo tan miserable era el de Napoleón, no tienes más que consultar la descripción de la autopsia que hace mi compatriota Antonmarchi, que vio su cadáver desnudo. Un cuerpo de jovenzuelo, débil, frágil, afeminado, que no alcanzó más que a la mitad de su desarrollo. ¡Y fue eso lo que conquistó el mundo! Pero había reproche en la férvida admiración de Al Capone, que no acababa de asimilar la exigua talla y la mísera encarnadura de su ídolo, como si hubiera nacido de su voluntad, de su soberbia, la arrogante provocación de no haberse alzado poco más de metro y medio del suelo. Reconocía su astucia, su inteligencia, su magnetismo, su energía, la rara fascinación y el misterioso imperio que ejerció sobre sus semejantes, pero «claro está que esto no sirvió para nada: un conquistador del mundo que no posee más que una talla de un metro sesenta y seis tiene que ser aplastado, un día u otro, por un hombre que no posee su talento, pero que le lleva dos cabezas de talla». Sin embargo, más que a esa endeblez corporal que no acababa de entrarle en la sesera a Al Capone, más aún que a sus accesos de sentimentalismo, el gran capo de los gangsters de Chicago atribuía su caída a la familia, pero si semejante presunción resultaba en sí misma detonante proviniendo de un italiano, de una criatura tan apegada a la familia como un italiano, más sorprendente es que no se refiriera tan sólo a la de Napoleón, sino a la familia como género, como dogal, como máquina de demediar a los grandes hombres, esto es, a la familia. Respecto a la de Napoleón, habría sido Murat, su cuñado, el que le asestara con su infidencia el golpe traidor, definitivo, que le derribó: ¡Murat! No era más que un poco de barro cuando Napoleón le hizo entrar en su banda. Le arrojó su hermana al cuello y algunas coronas a la cabeza. Finalmente, le hizo rey de Nápoles. Es preciso que te diga lo que es Nápoles: el reino más hermoso del mundo. Napoleón hizo rey de Nápoles a ese miserable, que sudaba vanidad y estupidez por todos sus poros, ¿y sabes cómo se lo agradeció? asestándole una puñalada en la espalda. Al Capone hablaba de Napoleón con su viejo colega Jack Bilbo en ese tono entre admirativo y recriminatorio que suele cursar en indignación, pero también, cómo no, en una onda enteramente «gangsteril», cual convenía al buen entendimiento de los interlocutores: Murat escurrió el bulto en el momento de peligro; no disparó cuando debió hacerlo; el señor Murat lo siente mucho; el señor Murat no está dispuesto. Tú te imaginas, sin duda, que Napoleón le dio a ese bandido un puntapié. Nada de eso. Le dispensó una fraternal acogida. Nada más que por eso yo creo que mereció el fin que tuvo. Es preciso conocer el mundo cuando se quiere conquistarlo; es preciso tomarlo como es y no como querríamos que fuera. Mas Murat, el gran duque de Berg, había podido dañar tanto al gran hombre porque se había deslizado a su interior a bordo del caballo de Troya de la familia: ¡Ah, la familia! Ese puerco de Murat también era de la familia. «Parenti-serpenti». Napoleón también lo sabía. ¿Pero por qué no trató a su familia como he tratado yo a la mía? Sin duda, porque todos los italianos tienen muy desarrollado el sentido de la familia. Nosotros somos vencidos a veces por los yanquis. ¿Son, acaso, más pillos que nosotros? ¿Más fuertes que nosotros? Tienen una ventaja sobre nosotros: que no poseen tan desarrollado el sentido de la familia. Yo no sé si a este respecto soy lo suficientemente americano para dominar enteramente a América. Al Capone, el jefe más poderoso de los gangs de Chicago, temía acabar como Napoleón porque, como los locos de los cuentos viejos, creía ser Napoleón. Sin embargo, escaldado por las experiencias de esa su reencarnación anterior de «amo de Europa», a él no iban a hacerle efecto —Jack Bilbo le oía estupefacto— las añagazas de sus enemigos, y menos las del principal de ellos, la familia: Claro está que yo no soy tan ingenuo como Napoleón. Yo no me arrojo a ciegas a la desgracia. Yo sé que los hermanos y las hermanas, los primos y las primas, son el lado flaco por el cual quieren cazarnos nuestros enemigos. (...) A mí no pueden cazarme por el lado de mis parientes, porque no tengo un padre imbécil, un hermano cobarde, un cuñado bribón y una hermana golfa. Y, sobre todo —Al Capone dio un puñetazo sobre la mesa que hizo saltar los ceniceros—, no tengo una mujer que sea una pava. ¿Qué necesidad tenía ese pobre hombre de casarse con María Luisa? Yo os juro que no casaré nunca con una Vanderbilt cualquiera, tan cierto como me llamo Al Capone. Podréis llamarme «Morán la Chinche» si falto a mi palabra. El primero que reciba la noticia auténtica —no por los periódicos, ¿eh? —, le permito que me plante el pie en la nariz. El gran matrimonio es una especie de desliz. El gigante se empequeñece. Napoleón quería hacerse «respetable». ¡Respetable! Hijos míos, prometedme que no buscaréis jamás esa cosa, que es la más miserable del mundo: la consideración. Así no os mandarán nunca a Santa Elena. Aunque es preciso reconocer admirativamente esos aspectos desconocidos de Al Capone, el de su apañada cultura general y el de su atinado —aunque un punto atrabiliario también— criterio, no es menos cierto que se equivocó en algunas de sus apreciaciones sobre el personaje: ni fue un hombre que le sacara dos cabezas de talla el que le derribó, sino un pueblo tan valiente como raquítico en lo político y en lo social, el español, el que principió a segarle la yerba bajo sus pies majestuosos, ni obró con sentimentalismo alguno en España, sino, antes al contrario, con crueldad y desprecio, usando para ello, al frente de la trituradora de su Grande Armée, a su cuñado Murat, probablemente el tipo en el que se inspiró Goering para la confección de sus descabellados uniformes. Juan Pérez de Guzmán y Gallo, a quien debemos no sólo la más verosímil y pormenorizada historia de la insurrección madrileña contra el francés —El Dos de Mayo de 1808 en Madrid—,sino también la de mayor empaque literario, retrató al gran duque de Berg, el virrey de Napoleón, en la ciudad sobre la que aquel extravagante cuñadísimo alentó siempre la esperanza de reinar, de la siguiente manera: Napoleón eligió a Murat para la empresa de España, no para darle la corona que conquistara, como él se había figurado, sino porque en ocasiones sabía desplegar una energía terrible. Era más vano que cruel, y sin embargo, cuando entraba en el camino de la sangre, parecía una de aquellas naturalezas incapaces de respetar nada de sus enemigos, ni siquiera el dolor supremo y la muerte. Su presencia, que encubría aquel natural áspero y feroz, era, sin embargo, agradable, arrogante su porte. Sus maneras, su gesto, y un movimiento altivo de cabeza, que en él era especial, demostraba su instinto de dominación. Ni razonaba, ni discutía, mandaba. Tenía presunción en su persona. Conservaba una larga cabellera ensortijada que le caía hasta los hombros, y el principal esmero de sus trajes consistía en lo fantástico de su confección, que no se ajustaba a ninguna regla de las que uniforma el vestido de los militares, y en la abundancia de los bordados de oro con que los hacía recargar. Viéndole a caballo se comprendía la alucinación de los indios primitivos de México, a quienes conquistó Hernán Cortés. A caballo cuidaba de presentarse siempre en público, dominando la multitud, y como procuraba conquistarse la simpatía del pueblo que pensaba había de regir como soberano, hacía gala de cortesía, saludando y sonriendo a los que se juntaban para verle al paso, por saciar la curiosidad. Su sonrisa, sin embargo, era forzada, y jamás con ella pudo disimular su genio. No tenía grandes hábitos cortesanos, ni, en medio de su reserva impenetrable, las dobleces de la diplomacia; ni, a pesar de querer aparentar culto a las leyes, empacho de culto legal. Todo lo tramaba con imperio, como a la fuerza militar que se manda en un campamento frente al enemigo. Toda contradicción le irritaba. Solía enfurecerse, y entonces, cuando la cólera le cegaba, ni era dueño de su palabra, ni aún de sus acciones con sus inferiores. Mejor prefería un ultraje que prodigaba una lisonja. Era, de una palabra, la imagen del terror, y como tal fue enviado a España por Napoleón. En la víspera de entrar por el camino de la sangre, esto es, el 1 de mayo de 1808, Murat recibió de los madrileños una pita escandalosa. Como cada domingo, oyó misa en los carmelitas —su conciliador afán por aparentar sumisión a la religión católica era tenido, no obstante, por espantosamente sacrílego—, y al dirigirse a El Prado, donde como cada domingo también pasaba revista a sus tropas haciendo cabriolas con su caballo, se encontró con grupos nutridos que le increpaban y que, en la calle de Cofreros, llegaron a arrojarle piedras y adoquines arrancados del pavimento. Sin embargo, ese tratamiento ya lo habían recibido algunos de sus soldados por parte de una población que, agitada por los pasquines, excitada por los predicadores, harta de la onerosa presencia militar de los franceses y cada vez más abducida por los agentes de Fernando VII, se deslizaba hacia su día más sangriento. En los quince días anteriores, medio centenar de soldados franceses habían sido muertos o heridos en las calles de Madrid, pero aun desde antes, los enfrentamientos y las reyertas tabernarias entre anfitriones y huéspedes se habían venido produciendo. El 26 de marzo, sólo cuatro días después de la llegada de Murat a Madrid con sus tropas, un dragón francés apareció en la calle de San Antón con el cráneo reventado, posiblemente a consecuencia de un asunto de faldas; el 27 se produjo una batalla campal entre vecinos y soldadesca francesa en la plaza de la Cebada, y el mes se cerró con no menos de media docena de soldados de Murat muertos. Pero Madrid no era por aquellos días un lugar seguro, y no sólo para los gabachos, sino también para los españoles, particularmente para los relacionados con el caído Godoy, al que el golpe de Estado de Aranjuez perpetrado por el Príncipe de Asturias, ya autoproclamado Fernando VII, y su camarilla de curas y aristócratas, había conducido maltrecho a una jaula del castillo de Villaviciosa de Odón tras haberse salvado, por los pelos, del linchamiento de los figurantes del motín. Los tumultos, los asaltos y el pillaje e incendio de las casas de los amigos, familiares, simpatizantes y ministros del Príncipe de la Paz, el unánimemente aborrecido por haber intentado arrimar las Luces a la cerrada oscuridad de España, habían sumido a Madrid en el caos, tanto más cuando pusieron en él sus plantas, en el espacio de veinticuatro horas que medió entre el 22 y el 23 de marzo, los soldados del gran duque de Berg en supuesto tránsito hacia Portugal y, a su estela, el infame Fernando que esperaba recibir de él y de su amo Napoleón el refrendo a su iniquidad, a su impostura y a su apropiación de la Corona. Los hechos del Dos de Mayo de 1808 en Madrid están inscritos en la Historia —y de ahí no hay probablemente quien los arranque— como los del prólogo o inicio espontáneo de la insurrección del pueblo español contra el invasor napoleónico, y, sin embargo, lo cierto es que pertenecen, siendo su epílogo, a un capítulo anterior, el que, comenzando en El Escorial y continuando en Aranjuez, protagonizó la plutocracia del Antiguo Régimen agavillada en torno al Príncipe de Asturias, el joven depravado que de niño sólo encontraba estímulo y placer en torturar pajarillos y, algo más crecido, en idear el modo de derrocar a sus padres, los reyes Carlos IV y María Luisa, por haberse agenciado un hijo más noble, más despierto, más bondadoso y más empático, Manuel Godoy. De otra parte, y aunque las intenciones del ídolo de Al Capone no eran otras que intervenir a fondo en la política española para asegurarse su incondicional subordinación en la lucha contra Inglaterra —a la que había decidido asestar el golpe definitivo estrangulando su economía con el bloqueo de los puertos continentales —, las tropas francesas que habían venido circulando por territorio español —apoderándose, de paso, del control de las plazas fuertes—, y que llegaron a Madrid a finales de marzo, eran tropas formalmente amigas, aliadas, y no por designio del caído Godoy, que hasta había publicado tiempo antes una proclama llamando a los españoles a la defensa de la soberanía nacional, sino de la inanidad de los Borbones, padre e hijo, que habían resignado en ellas, en Napoleón, el arbitraje sobre a cual de los dos correspondía el trono de un país, por lo demás, empobrecido, desarticulado, consumido por las hambrunas y devastado por las guerras y las epidemias. En Bayona, cabe el emperador, se hallaban el rey depuesto y el autoproclamado, sirviéndole en bandeja de oro la Corona de España, en tanto que la oligarquía tradicional —incluida la Iglesia— que había cifrado en Fernando el salvífico albur de un futuro viejo y sin sobresaltos para sus intereses, y que creía habérselo asegurado con el golpe de Estado de Aranjuez, empezaba a recelar por los rumores que le llegaban de Francia y a urdir, en su recelo, alguna cosa para presionar a Napoleón y vencer su voluntad del lado de Fernando VII. Pero si en Madrid, el 2 de mayo, esa oligarquía aprovechó la salida para Bayona de las reales personas que aún quedaban en palacio —la reina de Etruria y los infantes Antonio y Francisco de Paula— para organizar una revuelta «popular» contra el francés bajo el lema de la independencia, manipulando para ello el hartazgo de pobreza del pueblo y su cólera por la liberación de Godoy, el odiado, la verdad es que esa independencia supuestamente amenazada de súbito no había existido nunca desde la instauración en España de la dinastía borbónica —enteramente francesa, como se sabe— cien años antes, desde la Guerra de Sucesión a la muerte de Carlos II con la que las potencias europeas se habían disputado los despojos del desplomado imperio de insolación permanente. Entre 1700 y 1713, las Españas se desangraron horriblemente, perdiendo incluso territorios peninsulares —como Gibraltar, hasta hoy—,a causa del testamento del estéril Carlos II, que había puesto en manos del papa Inocencio XI la decisión sobre quién habría de sucederle, y que recayó sobre Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV e hijo de su delfín. Aquella guerra de trece años sobre suelo español entre las potencias que apoyaban a los diversos pretendientes al trono, esto es, Inglaterra, Holanda y Austria al archiduque Carlos, sobrino de Carlos II y segundogénito del emperador Leopoldo, y Francia a Felipe de Anjou, concluyó, por un acuerdo final entre las potencias, con la entronización de éste bajo el nombre de Felipe V, al que su abuelo Luis XIV despidió al partir hacia su nuevo reino con estas palabras: «Sed buen español, pero acordaos de que habéis nacido francés». Palabras que sellaban el pacto de familia, de apoyo mutuo borbónico, que tanta desventura habría de arrojar sobre España. Durante las conversaciones del Tratado de Utrecht, que ponía fin a las matanzas generadas por la disputa dinástica, el único representante español era francés, pues las potencias que andaban en la repartición de España impusieron el argumento jurídico de que la España de Felipe V no podía ser reconocida hasta que no firmase el tratado de paz precisamente, de modo que cuando los plenipotenciarios españoles pudieron incorporarse a las deliberaciones lo hicieron exclusivamente para firmar el papel que les pusieron delante. Mas, ¿cómo era aquel tipo que inauguraba en España la dinastía borbónica y por cuya pretensión al trono habían muerto tantos y tantos hombres? Era, en pocas palabras, un perfecto imbécil. Enteramente dominado por su esposa desde el principio, que le hacía pasar el tiempo entregado a juegos infantiles como el «cucú» o el «¿La compañía os agrada?», fue derivando, por los excesos sexuales, las obsesiones religiosas y los accesos de hipocondría, a un grado extremo de animalidad, de suerte que en sus últimos días, privado de juicio, se tornó en una especie de bestia peluda, con las uñas largas y afiladas como garras, sucio hasta el punto de prohibir que le cambiasen las sábanas, rudo, huraño y feliz de vivir entre la mugre y el rastro de sus propios excrementos. Los sucesores de semejante criatura no hozarían, por fortuna, en tan acabado albañal de degradación humana, tan grato y favorable al régimen feudal vigente en cada predio, en cada región de la atomizada España, un descabalado mosaico de condados, ducados, principados, lugares, señoríos y posesiones eclesiásticas con leyes, idioma, moneda, instituciones, impuestos, imaginario social y hasta sistema de pesos y medidas diferentes. España, tal como la entendemos hoy, bien que en el caso de que hayamos llegado a entenderla, no existía, esto es, como nación trabada en una mínima cohesión o unidad política, y aunque el 2 de mayo de 1808 seguía sin existir, tan sólo un incipiente nacionalismo en reacción al francés, durante la segunda mitad del siglo XVIII, el de las Luces, algo se había avanzado, aunque con enormes resistencias, en su construcción. Si Carlos III había apostado por la Ilustración en todos los órdenes, Carlos IV había abundado en ese camino, particularmente desde la llegada de Manuel Godoy al ministerio, al poder político, poder que lamentablemente, antaño como hogaño, es menguado poder ante los otros poderes. La política de Godoy, volcada en la refundación de la Ilustración misma, colisionó violentamente con esos otros poderes, el de la nobleza, el del clero, el de la Inquisición, el de los viejos partidos y las grandes fortunas, con su fomento de la educación del pueblo, las artes, las ciencias, la industria, las asociaciones de Amigos del País, las obras públicas, las instituciones del Estado, la Hacienda, y, sobre todo, con su decisión de limitar el gigantesco poder de la Iglesia y de la vieja aristocracia. Por las páginas de este libro, tal vez desordenado y raro como la propia realidad histórica que pretende interpretar y transcribir, irán desfilando los personajes y los sucesos que, en su origen y en su desarrollo, abismaron a las Españas en el infierno de la guerra más brutal y devastadora de las muchas que hasta entonces había padecido, una guerra que, sobre generar la muerte de medio millón de españoles en una población de doce millones —más la de casi otro medio millón de franceses, portugueses, ingleses, alemanes, suizos, italianos, polacos...—, sentó las bases de las siguientes guerras civiles que asolarían España hasta casi mediado el siglo XX, pues mucho de primera guerra civil de la larga serie tuvo, por su moderno componente de enfrentamiento ideológico, aquélla de todos contra todos y de bandos absurdos, intercambiables y, a menudo, como se verá, equivocados. Porque ni fue estrictamente una guerra de Independencia, ni Fernando VII representaba ni defendía mejor que José I los intereses de España, ni muchísimo menos tuvo su origen en la «espontánea» reacción del pueblo, el 2 de mayo de 1808, contra el invasor. Tan guerra civil fue, tan de España contra España, que generó un saldo enorme de españoles con el alma escindida, de hombres y mujeres —afrancesados, ilustrados, liberales, gentes de paz...— con aquella guerra ventilándose dentro de su propio corazón. El 2 de mayo de 1808, la reacción que había sido perjudicada por el «democratismo» de Godoy y que se había alzado violentamente contra él en Aranjuez apoyando a Fernando, quemó su último cartucho, si bien en la larga guerra que sucedería a la fracasada sublevación madrileña encontraría nueva y abundante munición. El famoso Tío Pedro, que dirigió a la chusma —y digo bien, chusma, pues estaba compuesta por hampones del arrabal y criados de los inspiradores del golpe— en el motín de Aranjuez, no era otro que el conde de Montijo, acaudalado terrateniente, disfrazado de paleto. Este don Eugenio de Palafox y Portocarrero, que había sido desterrado de Madrid por Godoy a causa de su apego a la subversión, y que, en consecuencia, detestaba al Príncipe de la Paz, unía a su furor por la defensa de sus privilegios y del viejo orden una extravagante personalidad de hombre de acción y de aventurero político que, entre aquella panda fernandina de tanta codicia como poca sangre, había de elevarle a la condición de capitán de la partida reaccionaria. Agitador empedernido, el conde de Montijo estuvo en la primera conspiración fernandina de El Escorial y, tras el éxito inicial del golpe de Aranjuez, mientras sus pares los duques de Osuna y del Infantado degustaban el poder confiados en la complacencia de Napoleón, él estuvo más advertido,o más previsor, e intentó convencerles para ir preparando la guerra contra él, así como para impedir el viaje de la familia real a Francia y, ya puestos, para poner en marcha un plan fantástico para liquidar al emperador enviándole unos matones. Sin embargo, no todo era energía y bulla en el Tío Pedro; también tenía las ideas, sus ideas, muy claras: « En los grandes desórdenes de los Estados son menester las revoluciones; es necesario revolver para ordenar lo que está fuera de orden. (...) He aquí nuestra revolución. Todos estamos obligados a sostenerla; todos somos revolucionarios». Quien eso escribió en su Manifiesto de 1810 dirigido a sus compadres de la reacción aristocrática, que no era sino el lampedusiano «es preciso que algo cambie para que todo siga igual», estaba en ese mismo instante, tras haber conspirado contra Godoy y luego contra el rey José, conspirando y agitando en zona «patriótica » contra la Junta Central, como cuatro años después lo haría contra los liberales de Cádiz, pero en abril y mayo de 1808 todos sus esfuerzos los había colocado, pues no confiaba en el decantamiento de Napoleón por Fernando VII, en preparar un tumulto sonado y sangriento en Madrid, se ve que para «revolver». Escribe la historiadora Guadalupe Gómez-Ferrer en su trabajo El Dos de Mayo en la literatura histórica, aludiendo al carácter nada espontáneo y escasamente popular del levantamiento de aquella fecha: «En España había descontentos en unos sectores privilegiados, coyants, que no hubieran necesitado para manifestarse la presencia de los franceses; pero no es menos cierto que a estos grupos la presencia del extranjero les sirvió para movilizar a la masa, flotants, que actúa en nombre de Fernando VII».Y así, en efecto, el conde de Aranda, el duque de Osuna y el del Infantado, y el propio infante don Antonio, que dirigía la Junta de Gobierno fernandina en ausencia del Deseado, utilizaron los conceptos de «invasión», «independencia», «patria» y «religión» para movilizar al vecindario, si bien no olvidaron la utilización de algo más prosaico, el dinero. A las prédicas incendiarias de algunos clérigos —uno de ellos llegó a descerrajar un tiro mortal a un oficial francés—, a las disputas entre vecinos y «huéspedes» generadas por una tan difícil convivencia, y a la profusión de pasquines intoxicadores de toda laya, y alguno tan soez como el que alguien colocó sobre el bando que prohibía fijar pasquines precisamente: Por pragmática sanción se ha mandado publicar el que al vaso del culo le llamen Napoleón. Y por la misma razón en una ley se decreta que se ponga en la Gaceta en un capítulo aparte que se llame «bona-parte» la parte de la secreta. se sumaron los preparativos de los acaudalados conspiradores fernandistas. El 8 de abril, en la víspera de la partida de Fernando VII al encuentro con su señor Napoleón, se presentaron dos caballeros «bien portados» en casa de un zapatero muy relacionado con los bajos fondos para encargarle, a cambio de una fuerte suma de dinero, que formara una partida de trescientos o cuatrocientos hombres, los mismos caballeros que, seguidamente, fueron a hacerle idéntica encomienda a un conocido trapero del arrabal. En las juntas conspiratorias que se fueron creando durante el mes de abril convivían, bien es verdad, personas de posición —comerciantes, nobles, cortesanos, clérigos...— con menestrales y algunos artesanos, pero no es menos cierto que eran las primeras, que entraban y salían de palacio a cualquier hora sin que la guardia las estorbase, las que transmitían las consignas y elaboraban los bulos pertinentes. La idea de aquellos caballeros «bien portados» y «de posición», el proyecto de los fernandinos Montijo, Infantado y compañía, el plan de la reacción en suma, ofuscada y corrida porque su victoria de Aranjuez pudiera quedar en agua de borrajas, era el de jugar a dos barajas resguardándose a la vez de las consecuencias, esto es, mandar a los criados, a los gañanes de las fincas y los señoríos, a los empleados de palacio y a los mercenarios con que se pudiera contar a la calle, donde tampoco faltarían valientes y patriotas de veras que se unieran a la insurrección, creyéndola nacida del designio del pueblo. Entre tanto, cual sabemos por numerosos testimonios, ellos, llamémosles los ricos para simplificar las cosas, aguardarían en sus casas y en sus palacios la resolución de los acontecimientos. Pensado y hecho: si la señal para el tumulto era —so capa de la inminente salida de los infantes Antonio y Francisco de Paula (la reina de Etruria les daba igual) de Madrid con destino a Francia — la bronca a Murat del día uno, la noche que medió entre ese día y el siguiente, tan infausto, se usó para meter en Madrid, disimulados entre el gentío que acudía a la corte de ordinario con toda clase de subsistencias y mercaderías, centenares de mozos concertados para el motín antifrancés en las puertas de palacio. De la relación de víctimas del 2 de mayo que proporciona Pérez de Guzmán, resulta que la mitad ni eran de Madrid ni residían en la Villa, sino en Leganés,Algete, Móstoles, La Florida, Aranjuez, Colmenar, San Fernando, Valdemoro, Humanes, Torrejón de Velasco o Navalcarnero, y buena parte de ellas pertenecía a la servidumbre de palacio, de la nobleza o de los Reales Sitios. En los registros parroquiales de defunción abunda la nota: «Fue de los que vinieron a Madrid el dos de mayo de los pueblos inmediatos». Los sucesos de aquel día, bien que desprovistos de cualquier análisis, se conocen sobradamente: de mañana, entre el rico comerciante Molina y Soriano, agente fernandino, y un gentilhombre de palacio que desde una ventana del mismo arengó a la masa que se había ido congregando a sus puertas —«¡Vasallos! ¡A las armas! ¡Que se llevan al Infante!»—, consiguieron enardecer a los reunidos, quienes, sobre tratar de impedir la salida de los infantes, atacaron a un ayudante de Murat que se personó con un piquete. El gran duque de Berg reaccionó enviando al batallón de granaderos de la Guardia Imperial, que hizo fuego contra los paisanos causándoles las primeras diez víctimas mortales del día, y a partir de ahí, Madrid se sumió en un loco torbellino de violencia, en una batalla desigual entre una parte de los 30.000 soldados de Murat establecidos en la ciudad y los dos o tres mil civiles madrileños que, con algún pequeño aunque heroico refuerzo militar (Daoíz, Velarde, Ruiz...) se enfrentaron a ellos con armas de fortuna y escalofriante desprecio de sus vidas. El hecho de que aquel tumulto fuera inducido, y no espontáneo, ni popular, ni nada que se parezca a la versión adulterada que de él ha prosperado desde entonces, no empece, desde luego, el admirable valor, el seco heroismo, de muchos de los que participaron en él, particularmente el de las mujeres, quienes, al contrario que los curas o que los propios instigadores de la revuelta, no se quedaron en casa a verlas venir. Aquel valor, aquel desprendimiento, aquel patriotismo fueron de verdad, por mucho que lo que los puso en danza fuera de mentira, esto es, un tanteo de la situación por parte de la aristocracia fernandina a cuenta de la sangre y del dolor del pueblo. Como tampoco fue mentira, desgraciadamente, la brutal represión de Murat una vez extinguidos, a media tarde, los combates, aquellas escenas terribles de fusilamientos en masa en el Salón del Prado y en la Montaña del Príncipe Pío que un reportero singular, Francisco de Goya, contó con sus pinceles porque estuvo allí y lo vio, y como, por lo demás, relató porque también estuvo allí el encuentro de españoles y mamelucos en la Puerta del Sol, los caballos espeluznados con las facas que les andaban por los ijares, los jinetes egipcios como muñecos perplejos e inertes, los dragones y los majos revueltos en la cegadora sangre del mediodía, y como contaría después, porque se quedó hasta el final y lo vio todo, los horrores de aquel monumental sindiós en sus Desastres de la guerra. Aquella jornada cuya memoria mixtificada sería en adelante blandida por el nacionalismo español, así de derecha como de izquierda, no marcó el inicio de la insurrección contra el francés, sino el final de la conspiración reaccionaria contra la Ilustración, de lo cual se desprende, según se verá en los capítulos que siguen, que nadie, salvo el alcalde de Móstoles y algunos más, tomó las armas contra los arcabuceadores de sus compatriotas hasta que no se supo de las abdicaciones de Bayona, por las cuales los Borbones cedían todos los derechos al trono de España a Napoleón. En nombre de aquel marrajo de Fernando VII, que nunca quiso a nadie y mucho menos a sus súbditos, se sublevó una parte de la nación contra la otra parte, contra la que cifró en el rey «intruso», José I, sus aspiraciones de modernidad y progreso, si bien la violencia avasalladora de su hermano, su grosero desprecio por el pueblo español, distorsionaría la realidad y alimentaría la hoguera. «Es preciso que te diga lo que es Nápoles —espetó de pronto Al Capone a su amigo Jack Bilbo cuando le hablaba, indignado, de Murat—: El reino más hermoso del mundo». De aquel reino tan hermoso llegó José Bonaparte, el que en Madrid, según Ramón Gómez de la Serna, «tantas cosas de magia hizo». Era un tipo formidable, esto es, bondadoso, instruido, galante, educado, pacífico, empático y simpático, nada que ver con los sombríos perturbados que, a excepción de Carlos III, se habían ceñido hasta entonces la Corona de España. Llegó medio a la fuerza, resistiéndose a dejar la dulce Nápoles hasta que pudo más que su resistencia el miedo a su hermano, y aunque enseguida supo que su nuevo reino se hallaba, por su crudeza extrema, en las antípodas del que dejaba, su honradez, particularmente la honradez consigo mismo, debió de ayudarle a asumir un destino tan alucinante y a convertirse ante su hermano temible en un español entre los españoles, acaso en uno de los mejores de ellos. Llegó con una «hermosa figura de ahorcado» y en medio del horror, la sangre, el pillaje y las devastaciones de la guerra intentó por todos los medios, sobre todo por aquéllos en los que era más diestro, el de la bondad y la indulgencia, granjearse el amor de sus nuevos compatriotas luchando como nadie, a solas casi, por la utopía de la paz, la reconciliación, la civilidad y el entendimiento. El que él representó era, probablemente, el verdadero partido del pueblo español, el partido de sus intereses, de sus ansias de paz, de libertad y de justicia, pero nublado el paisaje y el entendimiento por el humo de las batallas y los incendios, nadie o casi nadie, muy pocos, consintieron en verlo, perdiéndose con ello la irrepetible ocasión histórica, pues el instante era nada menos que el de la construcción de España, de acertar el rumbo hacia un futuro más amable. La pena es que no podía suceder lo que sucedió de otra manera: la violencia de Napoleón y las demasías de sus generales y sus tropas de un lado, y el furor «patriótico» de cruzados de Dios de otro, emparedaron a José I y a los suyos hasta dejarles sin aire, pues todo el oxígeno de España lo consumió la combustión, durante seis años, del odio. Napoleón hubiera podido, de haber sabido o querido, de haber sido otro y no él, hacer las cosas en España de otra manera, pues dueño de la legitimidad sucesoria y contando con un hombre de tan excelente disposición como su hermano, habría bastado pensar en civil, y no en militar, para consolidar en España el legado democrático y universal de la Revolución Francesa sin forzar la sumisión de España a Francia, que, por lo demás, no había aflojado desde la llegada de los Borbones y su ominoso Pacto de Familia. Manuel Godoy, en quien vería pronto José una vida paralela, si es que no un alma gemela y un destino común, dejó en sus Memorias unas líneas certeras sobre el personaje que le arruinó la vida para salvársela al cabo, por si podía serle de alguna utilidad en Bayona, arrebatándola de las manos de quienes le tenían sepultado en la más lóbrega mazmorra del castillo de Villaviciosa de Odón. Escribió Godoy que Napoleón, contando «con medios y poder para haber hecho la restauración del mundo entero», se cegó y no vio la hazaña que le hubiera hecho grande de veras. Se dejó llevar por su «ánimo guerrero, sus talentos militares, su pasión y delirio por las empresas gigantescas, su altivez, su carácter, la inconstancia de sus ideas, la veleidad de sus proyectos, su manejo ambidextro, su indiferencia de los medios para llevar a cabo sus triunfos...». Si bien el Príncipe de la Paz alababa que hubiera dado a Francia un sistema de derecho, garantías y libertades públicas, deploraba que allende sus fronteras sólo hubiera sido capaz de llevar el caos: «Hierro, incendio, devastación o peso de tributos, imperios derrocados, diademas dadas y quitadas, feudos de nueva fecha, vasallos coronados, gobiernos militares, nada fijo y durable, ningún derecho cierto, ningún tratado firme; por auxiliares de sus armas, la traición y el engaño». En otro párrafo, Manuel Godoy resumió en pocas palabras su descripción final del personaje: «Pasó como un meteoro, luminoso y sangriento». En junio de 1808, España ya ardía de costa a costa, y en su hoguera hasta el último adarme de civilidad. Durante los seis años siguientes, la nación padecería una guerra feroz, depravada, sin piedad ni cuartel: desde el inaugural saco francés de Medina de Rioseco al espanto de los sitios de Zaragoza y Gerona, pasando por las matanzas de afrancesados en zona «patriótica», por el infame trato dispensado a los prisioneros de Bailén en los pestilentes pontones de Cádiz y en la desolada isla de Cabrera —sólo sobrevivieron la cuarta parte de los 18.000 soldados de Napoleón prendidos en la batalla—, o por las carnicerías en campo abierto —en una de las cuales, la de La Albuera, el jefe de las tropas anglohispano-portuguesas, Beresford, sufrió un colapso nervioso a causa de las horripilantes escenas vividas—, la crónica de lo más abisal del ser humano se escribió, bien que con la coautoría de muchas otras naciones, en España. Por razones obvias, el más valioso de los documentos para reconstruir con acierto aquellos sucesos, el testimonio oral de los protagonistas, que habría bastado al autor de este libro para componerlo, es hoy de adquisición imposible, aunque no así, afortunadamente, la consulta de lo escrito por ellos y que quedó impreso en forma de memorias, parciales y deslavazados dioramas de la tragedia que, no obstante, ayudan a construir una visión general, de conjunto, no exenta del color y el calor de lo real y efectivamente visto. Con esos testimonios y con los escritos, memoriales, proclamas, manifiestos y documentos varios contemporáneos a ellos, algo se habrá conseguido rescatar aquí de la escombrera del tiempo, de la mixtificación histórica, de los tópicos y del olvido. Napoleón Bonaparte, en fin, puso en la primavera de 1808 sus ojos en España como exploradores o vanguardia de sus manos, y al verla desvalida, arruinada, vacante, decidió incorporarla al imperio, a la galaxia de su delirio. La tragedia es que el gran hombre resultó ser, como vislumbrara su colega Al Capone, demasiado pequeño.