AUTOR/ES: Rafael Torres
ISBN: 9788497348256
AÑO: 2009
EDICION: 1ª
IDIOMA: Castellano
ENCUADERNACIÓN: Cartoné
PÁGINAS: 298
DIMENSIONES: 16x24
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NOVEDAD
PUNTOS CLAVE: Entre los años cincuenta y setenta, más de tres millones de españoles se vieron obligados a emigrar. Sin embargo, ese exilio ha sido borrado y silenciado. ¿Cómo hemos podido olvidar que también nosotros —como los ecuatorianos, los rumanos o los marroquíes que hoy llegan a nuestro país— nos vimos forzados a buscar un futuro más allá de nuestras fronteras? Rafael Torres, a través de veinte testimonios únicos, de veinte historias anónimas, nos da una visión emocionante, a veces feliz y otras trágica, de una realidad desconocida. En estas páginas encontraremos los motivos que empujaron a aquellos hombres y mujeres a buscarse la vida fuera de un país empobrecido por la guerra, rompiendo con el tópico cinematográfico del palurdo desharrapado que sólo pensaba en hacer dinero. Descubriremos que más de la mitad de la emigración española a Europa fue ilegal, clandestina, sin papeles. Hubo emigrantes accidentales, emigrantes fugaces y emigrantes a perpetuidad; unos regresaron, otros no, muchos se arrepintieron de volver y algunos de no regresar, pero ninguno de ellos fue sólo unos brazos ni, desde luego, un número para el cómputo de una historia menor que merezca ser olvidada.
CONTENIDOS: Primeras páginas del libro: Introducción La conquista no sólo del pan La conquista del pan, tal fue el propósito, desesperado en muchos casos, que forzó a unos tres millones de españoles a emigrar a los países de Europa en las décadas de los cincuenta, sesenta y setenta del pasado siglo. Pero no sólo del pan. Aquella diáspora descomunal, que por lo reciente —y aun por lo vigente en parte— no ha generado apenas historia ni literatura, y sólo algo de cine, como si el destierro laboral y vital de millones de españoles careciera de mayor trascendencia y significado, se recordó vagamente cuando, hace apenas dos décadas, España pasó a ser receptora de una inmigración que tardó poco en hacerse masiva y para la que no estaba preparada. Algunas voces, las más empáticas y las más lúcidas, pretendieron entonces despertar la memoria de nuestra propia emigración, a fin de que, en atención a los padecimientos que sufrimos en su día como parias de Europa, nos esmeráramos en el trato a esos millones de expulsados de Ecuador, Perú, Rumanía, Polonia, Ucrania o Marruecos que habían irrumpido en nuestras ciudades, en nuestros campos, en las fábricas, en los talleres, en los andamios y hasta en los bares donde desayunábamos todos los días. Sin embargo, el mensaje de aquellas voces no caló sino muy débilmente en la conciencia colectiva de los españoles, y ello debido, probablemente, a un par de motivos principales. De una parte, desde la perspectiva de la condición humana, porque el haber sido cocinero antes que fraile no mueve al fraile, sino antes al contrario, a ser más comprensivo, más justo ni más benévolo con los cocineros. De otra, porque la reciente historia de la emigración española a Europa fue una historia de recuerdo no sólo ingrato, sino hasta cierto punto inconveniente. Los datos de aquella realidad que arrojó de España no sólo a los brazos más fuertes o a los estómagos más hambrientos, sino también a los corazones más bravos y a los individuos más emprendedores, destruyen la imagen, distorsionada y folclórica, que el régimen franquista quiso dar de ella con el propósito de exonerarse de culpa. Aquellas películas tan celebradas y apoyadas por el crédito oficial en que se mostraba a los emigrantes (José Luis López Vázquez y Gracita Morales casi siempre) como unos vividores que, más que a trabajar, iban a Europa a divertirse, a correr aventuras desopilantes y a reírse de los extranjeros, más aquellos reportajes del No-Do de patrioterismo lírico y barato que recogían las actuaciones de los Coros y Danzas de la Sección Femenina en las casas de España de Bruselas o de Ginebra, es casi todo el fondo documental, casi toda la memoria en movimiento, que nos ha quedado de aquel transterramiento masivo de lo que pareció ser la España sobrante. Pero la inconveniencia del recuerdo, que vino ligada a la primera e hiperamnésica Transición, época que coincidió con el cese de la emigración multitudinaria y con el retorno de muchos emigrantes, radica en las causas profundas, no sólo económicas, de aquel brutal desmantelamiento de la sociedad española, que primero tuvo que abandonar el campo, los pueblos, los trabajos a ellos ligados, comarcas y provincias enteras, para alistarse en la emigración interior en busca de las grandes ciudades salvíficas, Madrid, Barcelona, Bilbao, y que después, cuando éstas ya no pudieron asimilar los contingentes, tuvo que buscar fuera el pan que se le negaba dentro; pero no sólo, como quedó apuntado, el pan. En el origen de la emigración masiva a Europa de los años cincuenta, sesenta y setenta se hallaba, desde luego, la pobreza, y en el origen de ésta, la Guerra Civil y sus terribles y numerosas devastaciones. El aislamiento internacional por el repudio de las democracias (que habían vencido al nazi-fascismo) al régimen franquista, la inepcia de sus autoridades, la destrucción de bienes, equipos e infraestructuras esenciales para el desarrollo, la autarquía, la mecanización del campo en detrimento de los brazos y los jornales o la recuperación demográfica (los nacidos en la guerra tendrían en 1960 en torno a los veinte años), fueron algunas de las causas de aquella fuga primero refrenada por miedo, y luego fomentada abiertamente por el régimen para el acopio de divisas (4.042 millones de dólares mandaron los emigrantes a España entre 1961 y 1972).Pero la causa que obró individualmente sobre la vida y el destino de tantos millones de españoles forzados a emigrar fue la exclusión social derivada del conjunto de ellas. O dicho de otro modo: quienes mayoritariamente protagonizaron la diáspora, los obligados a partir, fueron los que, nacidos en plena guerra, poco antes o poco después, lo hicieron desde el «mundo» de los vencidos, de los que ninguna parte habían obtenido (ni estancos, ni administraciones de lotería, ni plazas de funcionarios, ni empleos bien remunerados) del botín de la Victoria, sino todo lo contrario. A la emigración española a Europa del tercer cuarto del pasado siglo se le ha aplicado, cuando no la desmemoria y la indiferencia (pese a que no hay familia sin uno o varios de aquellos emigrantes), una consideración exclusivamente económica, el pan, pero de una parte soslayando en lo posible las causas últimas de aquella escandalosa miseria, y de otra acotando el suceso a un periodo, un par de decenios, de dificultades, cuando lo cierto es que hasta el año 2004 las remesas de los emigrantes españoles no fueron superadas por las que los inmigrantes extranjeros en España envían a sus países. Sin embargo, la propia atribución de un origen estrictamente económico pudiera rebasar lo erróneo para instalarse en lo falaz. Marcharon aquellos españoles, ciertamente, a la conquista del pan, pero no sólo del pan, que no sólo de él vive, como se sabe, el hombre. El autor de este libro, que se ha ocupado en varios otros de los mayores damnificados de la Guerra de España y de sus interminables consecuencias, esto es, de los esclavizados, los desaparecidos, los exiliados, los huidos al monte, los heridos para siempre y, en fin, de toda suerte de las hasta hace poco olvidadas víctimas de la Victoria, mal podía imaginar, al emprender los trabajos y las pesquisas de esta intrahistoria de la emigración española más reciente, que los emigrantes, la mayoría de ellos, también pueden inscribirse en el siniestro estadillo de las víctimas de la Guerra Civil y de su anexo, la posguerra larga e implacable. Pudiera sospecharse que, dados los antecedentes literarios del autor, esos trabajos y esas pesquisas se iniciaran inclinadas desde el origen a una conclusión predeterminada, a refrendar la tesis anteriormente esbozada sin ir más lejos, pero, lamentablemente, no ha sido así. Libro de vidas de emigrantes, de intrahistoria, por tanto, de la emigración, la elección de sus protagonistas la dejó el autor enteramente al azar, igual que cualquiera podría hacerlo con sólo tender la vista alrededor e incorporar a cuantos en ese alrededor hubieran alguna vez emigrado, o bien, aunque un poco más lejos, los que siguen emigrados todavía, más de un millón. Salvo en dos casos, fue así. El autor buscó, preguntó, viajó y encontró, de suerte que si tuviera que escribir de nuevo este libro, las historias serían otras, aunque el fondo del asunto, la tragedia, la liberación, la epopeya, la búsqueda no sólo del pan, resultaría muy probablemente el mismo. Se construyó este libro así, al azar, salvo en dos casos. Esos dos casos de inclusión deliberada son el de mi tío Adrián Torres, el emigrante de mi familia, el emigrante, para mí, por antonomasia, y el de Aida Lorenzo Rosa, de cuya dramática historia de guerra me ocupé en otro libro, pero que como emigrante doble, política y económica —caso nada excepcional, por cierto—,supuse, y creo no haberme equivocado, que tenía al respecto algo, o mucho, que contar. Reproduciré, a fin de no incurrir en la pérdida de tiempo (para el autor y para el lector) de escribir lo mismo con otras palabras, unas líneas de la presentación de su historia que resumen qué fue aquello que fueron a buscar, además del pan, tantos emigrantes españoles en tiempos de Franco: El hambre que arrojó a Aida Lorenzo Rosa de su patria, bien que mortificante y real en la mísera posguerra como estigmatizada huérfana de un padre fusilado y «rojo», también fue hambre de justicia, de libertad, de reconocimiento, de futuro y de alegría, de modo que el pan que encontró al trasponer la frontera, el pan que hallaron los emigrantes, fue un pan amasado con esos ingredientes, imprescindibles para el alimento sano e integral de las personas. Así las cosas, parece natural que este libro no se ocupe sólo de las fatigas y las peripecias de la emigración en los países de acogida, sino también, y casi diría que principalmente, de las que hubieron de padecer en el que, siendo el suyo, no les quiso acoger. Es decir, que no se ocupe sólo de Alemania, de Francia, de Bélgica, de Suiza, de Inglaterra, o del par de destinos exóticos (Venezuela e Irak) de otros tantos de nuestros emigrantes, sino de España, de recordar cómo era en casi todos los aspectos aquella España de la que tuvieron que marcharse y cómo era, o seguía siendo, la que encontraron a su regreso, pues de otro modo ni el fenómeno de la emigración, ni nada, se entendería. Y a propósito de entender, requisito indispensable para transmitir, el hecho de que el autor haya sido también un emigrante (Francia y Suiza), e ilegal para más señas, es posible que le haya ayudado a ello. Pero en estos relatos, en estos dioramas de la emigración que contienen, cada uno de ellos, noticia de sus muy diversas modalidades, el lector habrá de reconocer también la gran variedad de «tipos» de emigrante, circunstancia que mal se compagina con el tópico, ampliamente difundido, del palurdo desharrapado que, portando una vieja maleta cerrada con una cuerda, iba a matarse a trabajar en oficios viles sin pensar en otra cosa que en hacer dinero. De todo hubo, lógicamente, en el interior de esa masa de millones de compatriotas que el Estado franquista siempre pareció considerar sólo como una masa precisamente, bien que su existencia y su sudor fueran rentabilísimos para él. Cuando regresaron (otros ni regresaron ni regresarán nunca, y también cuentan su historia en este libro) se sintieron ignorados, extranjeros en su propia patria, extrañados, ni de aquí ni de allí, ni de ninguna parte. En todo caso, la experiencia de la emigración había cambiado profundamente sus vidas, había alterado para siempre el rumbo de sus destinos. A excepción de la registrada en unos pocos libros, como el espléndido Mineros, sirvientas y militantes, de Ana Fernández Asperilla, sobre la primera oleada de emigrantes a Bélgica en 1956, y en algunas, muy pocas, películas dignas, cual la atrevida y excelente Un franco, catorce pesetas, de Carlos Iglesias, sobre la emigración en Suiza, su historia, en la que el autor reconoce los rasgos de la epopeya, se disolvió antes de integrarse en los términos adecuados en la historia general del pueblo español. A mediados del pasado siglo, cuando la tradicional emigración a América se había ralentizado para cesar casi completamente al poco, así como la que en los cien años anteriores había tenido como destino el norte de África, Orán y Argel sobre todo, se rompieron los diques de la frontera española y salió despedida, expulsada más bien, una masa ingente de hombres y de mujeres resueltos a sobrevivir en todos los sentidos. A raíz del Plan de Estabilización de 1959, el gobierno de Franco estableció convenios con los de Francia, Suiza y Alemania para la exportación «reglada» de mano de obra, pero tres años antes el intervencionismo del régimen en la materia se había estrenado de una manera algo canalla: suscribiendo con Bélgica un acuerdo para el envío de españoles a sus minas de carbón, cuando el gobierno italiano había rescindido el suyo anterior por la altísima tasa de siniestralidad que se registraba en ellas. Baste decir que a la semana de la llegada a la mina belga de uno de los emigrantes de este libro, se produjo en la mina de al lado un explosión de grisú que sepultó, matándolos, a centenares de mineros. El lector amigo de las mistificaciones no encontrará grato enterarse aquí de muchas cosas, como, por ejemplo, de que más de la mitad de la emigración española a Europa, incluso después de la puesta en marcha del Instituto Español de Emigración, fue ilegal, clandestina, sin papeles, es decir, esa clase de emigración que como receptores deploramos, si bien muchos hipócritamente (algunos caseros, algunos empresarios), pues se lucran con ella. Salíamos de «turistas», con uno de aquellos pasaportes acanalados, verdes, que más que otra cosa infundían sospechas. Y los emigrantes tampoco eran exactamente «apolíticos», como se ha dejado creer, pues exilio político y económico, que en el fondo son la misma cosa, se comunicaron, se relacionaron, convivieron, se enriquecieron mutuamente y a menudo se machihembraron en los países extranjeros, como, por lo demás, no podía suceder de otra manera. Pero lo que importa, más los hallazgos, las reflexiones y las conclusiones del lector, se halla en las páginas que siguen, en las que se han vertido los testimonios y las experiencias de una veintena de emigrantes, llamémosles «protagonistas», y de unos centenares de «secundarios». Casi todos nacieron en torno a la Guerra que, a la postre, les arrojaría de su patria, algunos regresaron, otros no. Muchos se arrepintieron de haber vuelto, muchos menos de no haber regresado, hay hombres y mujeres, emigrantes accidentales, emigrantes fugaces y emigrantes a perpetuidad, emigrantes que salieron de España tan niños que pronunciaron en otras lenguas sus primeras palabras, emigrantes que no consiguieron aprender una sola del idioma local, hay andaluces, castellanos, gallegos, madrileños, levantinos, catalanes, manchegos, extremeños, vascos, y no sólo brazos, ni números para el cómputo de una historia menor, ni, desde luego, buscadores sólo de pan.