AUTOR/ES: José García Abad
ISBN: 9788497344807
AÑO: 2006
EDICION: 1ª
IDIOMA: Castellano
ENCUADERNACIÓN: Rústica
PÁGINAS: 596
DIMENSIONES: 12x19
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DE INTERES PARA: Literatura > Biografías Historia de España contemporánea
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PUNTOS CLAVE: Lo tuvo todo y lo perdió todo. A Adolfo Suárez, un político tan irrepetible como la Transición que gestionó, el destino le volvió definitivamente la espalda. Una terrible enfermedad sobre la que los médicos no se ponen de acuerdo -¿Alzheimer?, ¿demencia?- le condenó al olvido del poder disfrutado, de los hechos vividos, de los laureles logrados; pero también, piadosamente, de la desaparición de sus seres queridos: su mujer y su hija Mariam, ambas fallecidas tras una intensa lucha contra el cáncer. Como si de una verdadera tragedia griega se tratara, este libro cuenta la trayectoria personal y pública de un hombre complejo, «más héroe que santo», cuya personalidad resulta muy difícil de clasificar; un personaje ambicioso pero a la vez de una extrema sencillez, al que no le faltaron enemigos, pero a quien nadie duda en reconocer como una de las figuras más relevantes de los años de la restauración democrática española. ¿Fue un oportunista o un hábil estadista? ¿Un improvisador o el ejecutor de una partitura minuciosamente compuesta? ¿Le designó el Rey por su audacia y porque percibió en él cualidades ocultas, o le nombró para disponer de mayor libertad de acción que si hubiera elegido a Areilza, Fraga o Fernández Miranda? ¿Hizo Suárez lo que quería hacer o se vio desbordado por una fuerza que no pudo controlar? ¿Cuál fue el verdadero motivo de su dimisión? José García Abad, autor de "La soledad del Rey" -publicado con éxito por esta editorial- ha entrevistado a toda la gente cercana al primer presidente de la democracia para recabar sus recuerdos y testimonios: compañeros de partido, familiares, asesores presidenciales, analistas políticos… Incluso ha hablado con su fiel mayordomo, sus paisanos y sus adversarios. Estas páginas son resultado de tales encuentros, así como del profundo análisis de un mito que ha entrado en la historia sin desvelar su misterio.
CONTENIDOS: Primeras páginas del libro: Título I Una tragedia griega Fue un elegido de los dioses que le llevaron al poder y a la gloria en plenitud de gracia y juventud, y desde allí le protegieron como a uno de los suyos, como a Aquiles, Paris o Ulises, de las turbulencias de un viaje por los procelosos mares de la Transición. Zeus y Atenea se ocuparon del cebrereño durante casi cinco años en los que Adolfo Suárez González se debatía en singular combate contra enanos, monstruos marinos y piratas, se abría paso en las tempestades y se defendía heroicamente contra los cantos de sirena hasta que sus dioses protectores tiraron la toalla ante la conjunción de elementos en su contra, hábilmente utilizada por otras divinidades que habían puesto sus ojos en un rival pleno de gracia y juventud. Expulsado del paraíso, vagó como alma en pena buscando nuevas derrotas, pero ya no era lo mismo. Perdida la gracia tuvo que sacar fuerzas de flaqueza y embarcarse en buques mal armados y peor tripulados. Inventó un partido perfecto, sin intrigantes barones ni adherencias ideológicas indeseables; una formación de izquierdas con vocación de bisagra. Pero la izquierda oficial, instalada en el poder sobre diez millones de votos, no necesitaba bisagras y él no quería tratos con la derecha ni la derecha con él. Ganó su última batalla contra la derecha económica, contra la banca, a la que calificaría de «madrastra» por tratar de borrarle del mapa como acostumbra, comprándole. Sin embargo, el puñado de diputados ganado en la reyerta, que en otras circunstancias le hubieran valido como bisagra, no tenía aplicación en aquellos momentos cuando los frentes, encabezados por el socialista Felipe González y el popular José María Aznar, estaban firmemente fijados y la sociedad escasamente predispuesta para los matices. El destino le había vuelto definitivamente la espalda presto para cebarse en el elegido de antaño. Y en efecto, a partir de entonces se conjuraron contra él las desgracias en donde más daño le podían causar: en su familia. Finalmente, los dioses le sumieron en una profunda oscuridad, una terrible enfermedad que le condenó al olvido de las campañas emprendidas y de los laureles cobrados. Al menos ha podido disfrutar, aunque tardíamente y durante unos pocos años, del reconocimiento que tan sañudamente le negaron en su vida activa. Ahora, fallecidas su esposa Amparo y su hija Mariam, con su hija Sonsoles afectada también por el cáncer, vive recluido en su casa de la urbanización La Florida, próxima a Madrid. Los dioses se apiadaron finalmente paliándole sus heridas abiertas en carne viva: no le permitieron recordar sus hazañas ni el poder que disfrutó, pero le ocultaron la desaparición de sus seres queridos. La enfermedad, a la que nadie se decide a ponerle nombre con absoluta rotundidad -¿Alzheimer?, ¿demencia?-, se desarrolló incontenible a partir del año 2002 o 2003, pero tuvo un arranque muy anterior, probablemente desde 1999, manifestada en intervalos de lucidez y de olvido en una lucha desigual entre la luz y las tinieblas. Quien primero me alertó, prematuramente, fue Santiago Carrillo, el histórico comunista y buen amigo del Duque. A raíz de las declaraciones que hiciera Suárez de que Aznar había sido el mejor presidente de la democracia, Carrillo me comentó que semejante juicio demostraba que el Duque padecía una lesión cerebral. Yo lo interpreté como una boutade: «Santiago, eres un malvado», le dije en broma, pero el insistió con toda seriedad en su teoría de que su amigo sufría una lesión cerebral. Después he ido recogiendo testimonios de la familia y los amigos que me han confirmado el diagnóstico. Un antiguo colaborador de la época monclovita le llamó en cierta ocasión para que asistiera a una cena en la que se reunirían sus antiguos colaboradores. El Duque rehusó: «Me gustaría mucho ir pero no puedo, tengo que atender a Amparo.» Para entonces la mujer ya había desaparecido. Otro amigo me contó una anécdota similar: Suárez había rechazado la propuesta para un viaje justificándose: «Esto se ha convertido en un hospital. Aquí estoy atendiendo a Amparo y a Mariam.» Y un tercero me confirmó que ya no distinguía entre los amigos vivos y los muertos: «Con frecuencia pide que le pongan con Manolo. Manolo para Adolfo era el vicepresidente Gutiérrez Mellado, muerto el 15 de diciembre de 1995.» Hace unos meses, cuando todavía andaba con agilidad y le podían sacar de casa, saltó del coche y se puso a ordenar el difícil tráfico madrileño. Hoy apenas puede moverse y sube con dificultad las escaleras de su casa. ¿Está bien atendido el presidente? Su hijo Adolfo, Junior, me lo garantizó de una forma enfática y cortante. Su cuñado y colaborador, Aurelio Delgado, no duda de las atenciones recibidas, pero está convencido de que a Adolfo no le diagnosticaron correctamente su enfermedad ni, en consecuencia, recibió oportunamente el tratamiento adecuado. Su hermano Hipólito, que es médico, a raíz de la muerte de su esposa intentó llevarle a la clínica de un amigo suyo en Suiza, pero Adolfo no lo consintió, provocando en Polo un profundo disgusto. El caso es que Adolfo no sólo ha perdido la memoria, sino que no se acuerda de hablar. Lo intenta, balbucea, reconoce a los muy amigos, se alegra de verlos, pero éstos van espaciando las visitas. «Lo pasas muy mal -me decía uno de los íntimos-, ves que intenta decirte algo, pronuncia frases inconexas. Es una pena tremenda para los que le hemos conocido en toda su gallardía y vitalidad.» Adolfo vive ahora en su casa de La Florida atendido por la fiel María Elena Nombela, ama de llaves de toda la vida, que es quien ha soportado todo el peso de su enfermedad sin tomarse un solo día de descanso, ni sábados, ni domingos ni vacaciones. Últimamente, desde los meses finales de 2004, viven también con Suárez sus hijos Laura y Javier. Recibe la atención permanente de un equipo de enfermeros, así como de los médicos amigos, Vera y Revilla. Los fines de semana le visita Adolfo hijo. Desclasado Fue una personalidad compleja y de muy difícil clasificación. Un colaborador y amigo de su época presidencial dice que ya entonces era carne de psiquiatra; su primer jefe de protocolo, Javier González de Vega, le compara con Alejandro Magno, al tiempo que resalta sus cualidades de guerrillero, El Cebrereño; Aurelio Delgado concluye que fue «más héroe que santo». Sin embargo, la definición aceptada por todos es la de desclasado; así lo ven desde su amigo José Luis Graullera, por la derecha, hasta el líder socialista Alfonso Guerra, quien fuera su adversario más temido, por la izquierda. También podría decirse de él que era un caudillo político en busca de un partido imposible. Lo que no puede sostenerse es que fuera un tránsfuga: no se fugó de su partido, la Unión de Centro Democrático (UCD), para pasarse al adversario; «la mató porque era suya», justifica su sucesor en la presidencia, Leopoldo Calvo Sotelo. Su tragedia consistió en que el corazón tiraba hacia la izquierda y ésta ya estaba inventada y prometedoramente liderada por un joven sevillano. Su izquierda no era de este mundo o, al menos, de aquel momento. Inspirada por fuertes sentimientos contra la injusticia, respondía a un imperativo cristiano y a un populismo cercano a la revolución pendiente de los falangistas, refractario al análisis marxista que detestaba. En realidad, el adversario lo tenía dentro de su partido, integrado por mandarines que no le reconocían la categoría precisa para liderarlos. Encontró mayor lealtad en Santiago Carrillo, la bestia negra del régimen, con quien compartió los grandes momentos de la Transición y pactó hasta las discrepancias -sobre todo las discrepancias-, y a quien llegó a ofrecerle participar en un gobierno de coalición. En un momento en el que Suárez estaba muy apurado de diputados, y para no sufrir un revolcón que podía resultarle letal por la deserción calculada de su tropa, el líder comunista le prestó la ausencia de los suyos: los diputados del Partido Comunista de España (PCE) votaron en aquella ocasión con los pies, dirigiéndose disciplinadamente al bar del Congreso, presumiblemente en compañía de los fugados de las filas de UCD cuya ausencia trataban de compensar. Carrillo ha expresado en numerosas oportunidades un alto concepto de Suárez. «Confieso -dice el veterano político y contumaz periodista- que era el político no comunista que en aquellos tiempos me inspiraba más confianza. Le consideraba profundamente comprometido con la democracia y con la dosis de coraje personal necesaria para mostrar firmeza en los tiempos difíciles, cualidad infrecuente en otros.» Así que Suárez fue pionero de la pinza, entre otras innovaciones propias de un periodo en el que había que inventarlo todo. En el debate parlamentario sobre la película de la cineasta Pilar Miró, El crimen de Cuenca, el ministro Rafael Arias-Salgado, que a pesar de su conversión a la democracia mantenía, quizás en homenaje a su padre, ministro de Información de Franco, un anticomunismo visceral, increpó ferozmente a los comunistas; Santiago Carrillo le replicó con sorna informando a sus señorías que en 1978 Suárez le había ofrecido participar en un gobierno de coalición. Era un desclasado y sintió la comezón del intruso, del cazador furtivo, de quien se cuela en el club de los grandes donde nunca le dejarían ser socio. Quizás recordara la regocijante frase de Groucho Marx: «Nunca perteneceré a un club que admita a gente como yo.» Fue un personaje ambicioso pero sólo de poder; prescindía sin sacrificio alguno de las delicias implícitas en el estatus presidencial. Muy consciente del respeto debido a su condición de presidente elegido por el pueblo, era de una sencillez tan extrema que rozaba la ostentación. De él podría decirse, como Bruto de Coriolano en la obra de Shakespeare: «Llevaba con mucho orgullo sus humildes hábitos.» Era un ciudadano del menú fijo más barato. Había rechazado que el lujoso restaurante Jockey de Madrid sirviera la comida en el palacio de La Moncloa, sede de la Presidencia del Gobierno y se limitaba a comer tortilla francesa de un huevo o filete de ternera a la plancha y café negro, mucho café y muy negro, tan negro como el Ducados que colgaba siempre de sus labios. Pocas veces se le veía en los restaurantes. Lucio, el dueño de uno cuya fama entre la clase política no ha decaído, ha comentado: «Adolfo Suárez no sé a que iba a Lucio, porque comía poquísimo, pero daba seguridad atenderlo por ser tan sencillo y amable.» A Rafael Calvo Ortega, secretario general de UCD y ministro de Trabajo, le impresionaba su extremada sobriedad: «En la casa forestal de El Espinar, en el pueblo segoviano de San Rafael, donde se refugiaba algunos fines de semana, el único lujo que se permitía era pedir una paella a un restaurante próximo. Era una casa muy bonita, en un entorno maravilloso pero sin comodidades. Y cuando íbamos a un mitin, que siempre te apetece comer algún plato típico de la zona, como un arroz abanda, Adolfo apenas probaba bocado. El mismo palacio de La Moncloa, que a mí me recordaba a los casinos del sur de Francia, no era nada impresionante. En los consejos de ministros, un señor con una bandeja nos ofrecía unos pinchos que te los podían dar igual o mejor en la casa regional de Castilla-La Mancha.» Pepe Higueras, su fiel mayordomo, guardaba como un secreto de Estado los puros que le enviaban el mandatario cubano Fidel Castro y Arístides Royo, el presidente de Panamá, apartándolos del alcance de los cortesanos, por si acaso. En Moncloa, los domingos tocaba paella y, a la caída de la tarde, cine y merienda o partida de mus o póquer con los invitados o gente de palacio, entre los que raramente faltaba el capellán de la familia, Manolo Justel Calabozo, persona de tanta confianza que Suárez le pidió su opinión sobre el discurso de dimisión. El presidente se mantenía en forma con el tenis que practicaba con el célebre tenista Manolo Santana y, posteriormente -con resultados manifiestamente mejorables- con el golf acompañado por el campeón Severiano Ballesteros, Manuel Gómez de Pablos, presidente del Patrimonio Nacional, o el periodista radiofónico Luis del Olmo, entre otros. A tan pacífico deporte le debió el Duque la fractura de una costilla, consecuencia de una bola mal dirigida en una partida amistosa celebrada el 15 de septiembre de 1996. Disfrutaba atribuyéndose la condición de chusquero de la política, consciente de que un chusquero no puede ascender más que hasta comandante. Un chusquero con toque de guerrillero, de ese Curro Jiménez que fue encarnado por el actor Sancho Gracia, uno de sus mejores amigos, presente en palacio el día de su sonada dimisión. Un presidente que viajaba en la primera fila... de la clase turista. Tuvo también un poco, o un mucho, de pícaro, figura con larga tradición en España. No pasó hambre pero comió de fiado. Su cuñado, Aurelio Delgado, me cuenta una anécdota deliciosa: «La verdad es que llegamos a deber mucho dinero a Pepe, el del bar Monteagudo, que todavía sigue abierto en la calle Lista esquina a Hermanos Miralles, hoy rebautizadas como Ortega y Gasset y General Díaz Porlier. Un día, siendo Suárez presidente, nos encontramos con que uno de los camareros que nos servía una cena protocolaria, no me acuerdo con quién -seguro que sería un presidente de Gobierno o un jefe de Estado-, era Pepe. Se lo comento a Adolfo y éste, sin pararse en barras, se levantó de su silla y, ante el estupor general, le arreó un fuerte abrazo y le dijo: “Hombre, Pepe, tú por aquí. No sé si te dejamos a deber algo, pero lo que no olvido es que te debemos la vida. Si no me llegas a fiar me habría muerto de hambre.”» Suárez hizo de todo antes de encontrar un camino en la política: vendió neveras puerta a puerta, acarreó maletas en la estación del Norte de Madrid; después trabajó de procurador, primero con su padre y, cuando se peleó con él, por su cuenta; intentó trabajar de mayordomo y consiguió un papel de extra de cine en la película Orgullo y pasión, que se rodó en Ávila. Cuando, ya presidente, viajó a Estados Unidos, tuvo ocasión de conocer a Frank Sinatra, a quien se presentó como colega. Su populismo le llevó a situaciones un tanto cómicas, como cuando aceptó apadrinar al hijo de un gitano de Linares. Amparo se llevó un sofoco morrocotudo cuando éste le mandó a palacio la cuenta del bautizo. En 1979, el escritor Gregorio Morán publicó una biografía2 sin piedad, repleta de datos de primera mano pero que no retrataba con justicia al personaje. Se observa en ella un cierto desenfoque justificable, pues el autor la escribió cuando el biografiado gozaba de la prepotencia inherente a la apoteosis del poder y de cierta chulería, reflejo del instinto de conservación, y no eran evidentes valores que se acreditarían cuando dimitió, cuando se enfrentó con gallardía y orgullo democrático al guardia civil golpista, Antonio Tejero, y cuando, liberado de toda responsabilidad política, se entregó abnegadamente a la familia en desgracia. Morán proporciona en este libro, concienzudamente investigado, divertidas muestras de picaresca que, vistas con la debida perspectiva, no empequeñecen al futuro presidente, sino que más bien confirman la temprana conciencia de su destino. Relata el autor su habilidad para avecinarse con el poder: la compra de un apartamento en la Dehesa de Campoamor, en el Mar Menor de Murcia, donde veraneaban el ministro de la Gobernación, Camilo Alonso Vega, y el vicepresidente Carrero Blanco; el alquiler de un chalé, La Chavea, en La Granja (Segovia), a pocos pasos del palacio, para que los prebostes que acudían a la recepción del 18 de julio, conmemoración del alzamiento franquista, pudieran remojarse en su piscina y ponerse el frac evitando el incordio de soportarlo desde Madrid y hacer casi cien kilómetros disfrazados de pingüino. Suárez encauza su carrera política por el camino de las relaciones públicas selectas en las que la simpatía, natural en él, es el primer instrumento de trabajo. Pero necesita medios por encima de su sueldo, por lo que se procura algún pluriempleo y consigue seguir cobrando el salario de director general de Televisión meses después de abandonar el cargo, hasta que su sucesor le llama la atención con elegancia irónica: «A partir del próximo mes no tendrás que pasar por el bochorno de cobrar sin trabajar.» Sin embargo, el pluriempleo no es suficiente para mantener el tren de apariencias necesario y se embarca en negocietes que en aquella época ni siquiera se consideran tráfico de influencias, expresión que aparecerá con la democracia. No son negocios para hacerse rico, sino recursos precisos para financiar su futuro político. En realidad, no era más que la picardía del chusquero, la de un hombre convencido de que no había sido ministro cuando lo daba por seguro, en el Gobierno de 1973, por no haber estudiado en el elitista colegio de El Pilar ni vivir en Puerta de Hierro, la más exclusiva urbanización madileña. Lo primero y principal ya no tenía arreglo. Comenta Josep Meliá, secretario de Estado para la Información, en la fábula que escribió sobre el golpe de Estado del 23 F:3 «... el reproche fundamentalmente procedía de esos niños barbilampiños del Colegio de El Pilar, que ya en sexto de bachillerato se repartieron el país como si fuera un huerto particular, destinando a los niños más listos y aseados a líderes de la derecha y a los más gamberros y ruidosos a líderes de la izquierda». La segunda condición para ser alguien -vivir en Puerta de Hierro- resultaba más fácil de alcanzar, pues sólo era cuestión de dinero. Todavía no podía adquirir una casa con jardín y piscina propios, pero sí al menos un piso confortable con piscina comunitaria, gracias a los ingresos obtenidos por la venta del piso en la Castellana, donde residía hasta entonces.