AUTOR/ES: Pío Moa
ISBN: 9788497347365
AÑO: 2008
EDICION: 1ª
IDIOMA: Castellano
ENCUADERNACIÓN: Rústica
PÁGINAS: 928
DIMENSIONES: 12x19
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NOVEDAD
PUNTOS CLAVE: La década de los cuarenta fue una época muy compleja, llena de vida y muerte. Fueron los años de las Trece Rosas y el fusilamiento de Quiñones entre otros hechos y siempre bajo la casi fatal atracción del torbellino europeo y delo peligro de invasión por parte de Hitler o de los Aliados. Tiempos de ilusiones y frustraciones, en los que se escribieron algunas de las novelas españolas más importantes del siglo, la pieza musical más conocida fuera de España, o el libro doctrinal más influyente. La victoria de Franco en la Guerra Civil no garantizaba la continuidad de su dictadura. Por el contrario, su supervivencia y consolidación, así como su neutralidad en la guerra mundial, resultaban improbables. Sin embargo ocurrieron, y el historiador debe exponerlo al margen de mitos y prejuicios. Tal es la tarea que aborda Pío Moa con Años de Hierro.
CONTENIDOS: Primeras páginas del libro: Prólogo UNA DÉCADA REVOLUCIONARIA Si el siglo XX se ha distinguido por cambios constantes, con una aceleración sin precedentes en la historia, quizá la década de 1940 haya presenciado los de mayor trascendencia. En esos años comenzó la era nuclear, la de la televisión, la de los proyectiles que permitirían al hombre salir al espacio, la de las computadoras, la de los transistores...Hubo importantes descubrimientos en medicina y tantas innovaciones más destinadas a transformar los modos de vida. Esas innovaciones, valoradas como progreso, no han producido una mayor estabilidad social ni entre las naciones: si algo caracteriza a aquella década es precisamente la convulsión y la violencia, incluso comparada con otras épocas que también las han sufrido en alto grado. Su primera mitad vino marcada por la guerra más mortífera que hasta hoy hayan visto los siglos, culminación de las tensiones entre el totalitarismo nazi, el comunista y las democracias. Choque planetario de ideologías y potencias, devastó gran parte de Europa y Extremo Oriente, incluyendo a varias de las naciones más ricas y civilizadas, y se acompañó de matanzas casi inconcebibles. Tales sucesos en una época orgullosa de sus conocimientos, de su progreso técnico y de una supuesta superioridad moral sobre el pasado plantean cuestiones, nunca resueltas intelectualmente, sobre la condición humana y el enigmático sentido de la historia. La II Guerra Mundial surgió de procesos incubados en la primera, cuando media Europa quedó por unos años empobrecida y medio exangüe, moralmente sacudida, y nació en Rusia el sistema soviético, de formidable tendencia expansiva. Muy pronto este nuevo poder fundó la Comintern (Internacional Comunista o III Internacional) para propagar la revolución comunista por el orbe. Los intentos revolucionarios fuera de Rusia después de 1917 (Alemania, Finlandia, Hungría, Italia…) fracasaron, pero la subversión comunista entró a formar parte del panorama no sólo europeo, sino mundial. Su estrategia dedicó gran energía a promover la lucha contra el colonialismo en todos los continentes, y sus doctrinas marxistas o marxistas-leninistas condicionaron poderosamente el mundo intelectual de Europa, Asia y América. La formación del primer estado socialista despertó inmensas esperanzas e hizo sonar mil alarmas por el mundo. En una época de profunda crisis moral, agravada en los años treinta por la Gran Depresión, millones de europeos percibían la democracia liberal como un sistema arcaico, incapaz de afrontar el peligro soviético o unos desafíos más amplios y confusos. Una consecuencia de ese clima fue el auge del fascismo italiano y del nazismo alemán. No es que estas ideologías nacieran sólo como reflejo espontáneo de resistencia al comunismo, pues tenían también otras raíces, algunas de ellas comunes con el socialismo: Mussolini procedía de ese partido, Hitler se proclamaba nacional-socialista, y coincidían todos en su aversión a la religión y a la democracia liberal. Sin embargo, los triunfos fascistas debieron mucho a su resuelta oposición al empuje comunista. Rasgo de la época fue también el alejamiento de la tradición cristiana, al extenderse las ideologías ateas y neopaganas o las teorizaciones de tipo freudiano. El periodo de entreguerras presenció un relativo naufragio europeo. Claro que hablar de Europa en conjunto puede resultar excesivo, pues entre los Urales y Finisterre se extiende un crecido número de naciones con diferencias realmente profundas y, en rigor, han sido en cada siglo sólo dos o tres potencias europeas los sujetos de la hegemonía mundial atribuida al continente. No obstante, existe también un trasfondo cultural común y no menos profundo constituido por la herencia cristiana y por movimientos intelectuales y políticos como el Renacimiento, la Ilustración o el Liberalismo, extendidos por todo el continente con mayor o menor fuerza y variantes. En ese sentido, Europa se convirtió en centro del mundo a finales del siglo XV, con los descubrimientos españoles y portugueses y la formación de los respectivos imperios. Centro, porque la expansión europea descubrió e interrelacionó por primera vez a todos los continentes y sus principales culturas, abriendo una primera globalización; y porque en ese mundo los elementos más dinámicos e influyentes fueron la cultura, el comercio y el poder militar europeos. Las mismas querellas y guerras casi constantes entre potencias de Europa repercutían sobre el planeta y condicionaban su evolución. La I Guerra Mundial de 1914 a 1918 había asestado un serio golpe al predominio del viejo continente, y sus consecuencias se harían notar en los años posteriores, de modo especial durante la Gran Depresión de la década de 1930. Sin embargo, aun así permaneció la posición central de Europa. El Imperio Británico, con su aparente solidez, ocupaba vastas extensiones de África, América, Asia y Oceanía, e influía en muchos otros países fuera de su poder directo. Francia se repartía con Inglaterra la mayor parte del continente africano y ocupaba tierras considerables en el Lejano Oriente y algunas en América. Las ciencias, las artes y el pensamiento florecían en Europa con auténtica vitalidad y —salvo el cine, ya dominado por Usa— determinaban las tendencias en el resto del mundo. Los ejércitos de los principales países europeos parecían incontrastables. Pero tras culminar en la II Guerra Mundial el antagonismo de las fuerzas despertadas en la Primera, Europa quedó en ruinas, dividida en zonas de influencia soviética y useña, y ya no recobró su posición central. Su hegemonía pasó a Usa, asentada en América del Norte sobre una extensión casi tan grande como la de Europa entera. Ya en las últimas décadas del siglo XIX Usa se había convertido en la primera potencia económica mundial, pero no pretendía ejercer influencia directa sobre los demás continentes, y, aunque había arrebatado a España sus últimas posesiones en América y el Pacífico, mantenía cierto aislamiento. Su democracia extraordinariamente exitosa, mucho menos convulsa y de espíritu más cristiano que las europeas, atraía —a veces repelía— al resto del mundo; y su cultura, en especial la técnica, el cine, la literatura, el jazz, etc., irrumpía por doquier. La II Guerra Mundial acabaría con su aislacionismo y la convertiría, en gran medida, en lo que había sido Europa. Su poderío político, económico y militar se expandió por el mundo, y sólo gracias a él pudo subsistir la propia Europa occidental como conjunto de países independientes y democráticos. A Usa se trasladó el centro de la investigación científica y técnica, la creación literaria, el pensamiento, las artes plásticas, la cultura popular (desde las formas de vestir a la música), etc., y así ha seguido hasta ahora. Las matanzas y destrucciones de la guerra llevaron a los vencedores a buscar modos de garantizar la paz en lo sucesivo, pero la segunda mitad de los cuarenta (y muchos años después) iba a caracterizarse por la Guerra Fría entre las democracias y el comunismo; fría porque las probabilidades de mutua destrucción frenaban el choque directo, pero calientes y sangrientas en multitud de contiendas menores e incidentes: una sucesión de cruentos conflictos en Asia, y de inestabilidad o violencias en los otros continentes. * * * Todos los factores dichos marcaron la historia de España en aquella década, positiva o negativamente. La crisis europea de las primeras décadas del siglo XX tomó formas muy diversas en cada país, pero en España las diferencias serían particularmente acentuadas, sin que por ello la crisis española dejase de formar parte de la común. Una conmoción moral similar a la sufrida por casi todo el continente tras la Guerra del 14 la había sufrido España con el Desastre de 1898 frente a Usa, cuando perdió los restos de su antiguo imperio en América y el Pacífico. A partir de ese momento irrumpieron con empuje movimientos mesiánicos como el marxismo, el anarquismo, los separatismos vasco y catalán, o el viejo republicanismo, a los cuales se sumó la renuncia a los principios liberales por parte de intelectuales muy representativos. Esos movimientos, por su carácter inasimilable en un régimen de libertades, sacudieron con creciente violencia al régimen liberal de la Restauración, frustraron su democratización y lo llevaron a la quiebra en 1923, después de medio siglo de existencia. Para afrontar la crisis se impuso la dictadura de Primo de Rivera, poco represiva, la cual propició el mayor progreso económico y cambio social desde la Guerra de Independencia. Sin embargo, su designio de institucionalizar un nuevo sistema político hizo agua a los seis años. Tras un breve intermedio llegó la II República en 1931, dispuesta a afirmar una convivencia democrática bajo los partidos que habían socavado la Restauración. Habiendo despertado enormes esperanzas, el nuevo régimen sufrió la acción de los mesianismos predominantes en las izquierdas, que aspiraban a liquidar la «democracia burguesa» o a disgregar España. De resultas, la república quedó marcada por una violencia e inestabilidad desusadas desde hacía sesenta años, hasta concluir en el derrumbe de su legalidad. De ahí la Guerra Civil, comenzada en 1934, interrumpida pronto y reanudada en julio de 1936, para prolongarse casi tres años. En cierto sentido la Guerra Civil fue a España lo que la guerra mundial a Europa, además de un preludio de esta última; pero también con peculiaridades muy notables. En aquella Europa jugaron el comunismo, los fascismos y la democracia, ante el telón de fondo un tanto desvaído de las iglesias cristianas. En la guerra española no desempeñó ningún papel la democracia. Las derechas hispanas habían respetado, con poco entusiasmo, la legalidad democrática, mientras que las izquierdas, llevadas de sus utopías, la habían destruido a conciencia. Al reanudarse el conflicto en 1936, las derechas habían dejado de creer en la democracia y propugnaban un régimen autoritario, mientras que las izquierdas perseguían ideales revolucionarios. Que éstas invocasen la democracia no debe llamar a engaño: se trataba de un agregado de partidos totalitarios o golpistas, bajo la autoridad real de Stalin. Los liberales y demócratas, los pocos que quedaban antes de la guerra, o bien tomaron partido, renunciando en parte a sus ideales, o bien se apartaron, sin desempeñar ningún papel significativo. Además, un eje de la guerra de España, de mucha menor enjundia en el resto de Europa, fue la cuestión religiosa, suscitada por la decisión izquierdista de resolverla mediante el exterminio. Tuvo algo de profética la visión del pensador antiliberal Donoso Cortés cuando, a mediados del siglo XIX, había augurado «el tremendo día de la batalla, cuando el campo todo esté lleno con las falanges católicas y las falanges socialistas», sin saberse por quiénes optarían los liberales. También, es cierto, el liberalismo representó por entonces poco en Europa, fuera de Gran Bretaña, y difícilmente habría superado la prueba sin la intervención de Usa. Y así como la guerra mundial determinó la división de Europa en dos zonas hostiles, una compuesta de países democráticos bajo protección e influencia useñas y la otra de dictaduras comunistas bajo poder soviético, España seguiría una evolución especial. Tanto la dictadura de Primo de Rivera como la república habían aspirado a fundar un nuevo sistema de convivencia, y de haber tenido éxito habrían inaugurado un nuevo ciclo en la historia de España; pero su rápido fracaso los convierte en peripecias secundarias de un fracaso mayor, el de la Restauración. Por el contrario, la Guerra Civil del 36 al 39 sí abre un nuevo ciclo histórico, originando una larga dictadura de la que saldría, por reforma, la democracia actual.* * * * El resultado de la Guerra Civil iba a determinar los años cuarenta en España. Puede resumirse la posición de España como la pugna por rehacerse de la destrucción bélica e incorporarse, bajo un peculiar régimen autoritario, a un mundo en tormentoso cambio. Fue también el experimento de una nueva sociedad que al mismo tiempo quería ser tradicional y revolucionaria, y recuperar el brillo espiritual de los tiempos gloriosos, identificados con el Siglo de Oro. Se trata de años muy complejos, llenos de vida y de muerte, de intenso dramatismo: años de reconstrucción y represión, de la copla y del maquis, de la División Azul y del mercado negro, de amagos de invasión y de hambre, de magnos e irreales planes industriales y de repoblación forestal y lucha contra la sequía, entre tantas otras cosas. Grandes ilusiones y grandes frustraciones. En esos años se compusieron las novelas españolas quizá más importantes del siglo, el libro doctrinal español más influyente internacionalmente en varios siglos, obras de pensamiento relevantes, poesía excelente y la pieza musical española más difundida en el mundo. Fue también una época dorada del humor, la canción popular y la literatura de kiosco... Nada más alejado de la visión hoy predominante, tan fértil en omisiones e incoherencias. La primera mitad de la década se caracterizó por los vaivenes y peligros provocados por la guerra exterior, con amenazas de invasión por parte de Alemania y de los Aliados y entre duras privaciones. Fuera de España, solo tres países independientes, Suiza, Portugal y Suecia, esquivarían el destino general. Durante la segunda mitad de la década, el régimen de Franco y, de resultas, el país entero, hubieron de afrontar el doble reto del maquis y el boicot internacional que, de haber tenido éxito, pudo haber cambiado la historia. Su derrota nos parece hoy predestinada, pero no lo fue: el maquis y el boicot tenían bazas nada desdeñables para haber triunfado. Y la abstención de España durante la guerra mundial, y la pervivencia del régimen franquista después, fueron hechos muy poco probables, casi inverosímiles. Pero ocurrieron, y el historiador debe investigar las fuerzas, decisiones y azares que lo permitieron. En fin, los años cuarenta empiezan en España, como en el resto de Europa, con el decisivo 1939, pero de modo opuesto: en España ha terminado una guerra, al norte de los Pirineos comenzaba otra mucho más mortífera.