AUTOR/ES: José María Manrique García, Lucas Molina Franco
ISBN: 9788497343985
AÑO: 2005
EDICION: 1ª
IDIOMA: Castellano
ENCUADERNACIÓN: Rústica
PÁGINAS: 384
DIMENSIONES: 24x16 cm
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PUNTOS CLAVE: El Cetme, fusil de asalto del Ejército español, ha cumplido ya medio siglo de existencia al servicio de las Fuerzas Armadas. Prueba de su gran calidad y fiabilidad es que logró imponerse en la OTAN por encima de armas de otras nacionalidades. Los autores de este libro abordan su historia basándose, sobre todo, en el testimonio de uno de sus principales artífices, el general de Armamento Luis Wilhelmi, en un relato que enlaza la fabricación de los primeros fusiles de asalto alemanes, diseñados en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, con el moderno HK-36, en servicio en España hoy día. También describen a la perfección los detalles de la composición de los equipos hispano-alemanes, las armas similares de otros proyectistas que buscaban el mismo fin, así como la ingeniosidad de las soluciones y el entramado industrial de la época que dieron como resultado el casi milagroso alumbramiento del prototipo inicial en 1951. A todo esto, añaden el estudio de las diversas variantes del arma y de sus municiones, que incluye referencias a su producción industrial y a su empleo, desde la guerra de Ifni-Sahara de 1957 hasta la actualidad. Todo aquel que haya «sufrido» (o disfrutado) al fusil Cetme, bien por su relación directa con él durante la «mili», bien por las historias que haya escuchado, encontrará en estas páginas una ampliación de sus vivencias y una guía profusamente ilustrada y con detalladas descripciones, que deja constancia de un compañero de varias generaciones de soldados.
CONTENIDOS: Primeras páginas del libro: La mayoría de los españoles vivos asocian su paso por el servicio militar con el arma individual que les acompañó en sus primeras andaduras castrenses: el fusil de asalto «Cetme», que fue, para casi todos ellos, la primera arma de fuego que dispararon. Al soldado español de la primera mitad del siglo XX se le entregaba el «Chopo», el Mauser español de 7 o 7,92 mm, diciéndole que debía tratarlo como a una novia, a la que debía conocer, querer y acompañar siempre, pues no en vano a ella confiaba su vida y la de sus compañeros, estableciéndose entre el soldado y su arma una estrecha relación, en la que, en ocasiones, se empeñaban cosas tan importantes como la vida y la defensa de la Patria. Relación con ribetes de apego y de rencor, que ha quedado reflejada en innumerables dichos y canciones, como la siguiente, entonada, en sus «marchas», por muchas generaciones: Joder con el mosquetón, como pesa, como pesa... Joder con el mosquetón, como pesa el muy cabrón. Al militar de la segunda mitad del siglo pasado se le modernizó la «novia»: se le entregó el «Cetme», un arma nueva y eficaz, un arma que le llenaba de orgullo al saber que era de patente española, y que gozaba de merecida fama internacional. Los menguados contingentes de soldados españoles del comienzo de este siglo, sean hombres o mujeres y procedan de donde procedan, ya no podrán sentir ese orgullo. En estos momentos muchas cosas han cambiado y, como ocurrió a finales del siglo XIX, el armamento individual en uso, heredero de la Falcata o de la «espada corta» que adoptaron las legiones romanas, del «acero de Toledo» o de la ovetense «carabina de pistón de 1857», de calibre 14,8 mm (conocida en América del Norte como Spanish rifle), se habrá tenido que fabricar bajo patente extranjera. Se ha pasado de construir en España aquel magnífico Mauser español modelo 1893, un fusil que demostró su superioridad frente al Springfield 45-70 norteamericano en 1898, a vender -casi regalada- la patente del fusil de asalto «Cetme» a Alemania, para acabar, en el nuevo milenio, fabricando otra vez bajo patente germana. ¿Cómo puede haberse dado este desastroso retroceso actual? ¿Cómo pudo crearse, en la postrada y proscrita España de la posguerra, un arma que se difundió a medio mundo? Todo eso bullía en nuestras cabezas cuando tuvimos la suerte de conocer al general (honorario) del Cuerpo de Ingenieros de Armamento y Construcción (CIAC) don Luis Wilhelmi Castillo, un auténtico caballero que, además de aportarnos sus vivencias, fotografías y documentos respecto a la batería antiaérea que mandó durante la guerra de 1936/39, nos ofreció, con su lúcida mente y su inseparable gracejo andaluz, que denota fácilmente su origen granadino, un atractivo y reconfortante panorama de aquella España, cuyo principal capital eran sus hombres, cargados de ansias de engrandecerla. Pues bien, entre los temas de los que hablamos, surgió su vinculación al nacimiento y desarrollo del fusil de asalto «Cetme», la cual conocíamos muy someramente. Esto despertó nuestro interés e impulsó que siguiéramos porfiando tras sus conocimientos, y pecando, en muchas ocasiones, de inoportunos o, quizás, ¿por qué no decirlo?, de pesados. La salud de don Luis Wilhelmi no era la más adecuada para que dos «jóvenes preguntones» le asaltáramos con peticiones y dudas, muchas veces excesivas. Pese a ello, la paciencia y jovialidad que mantuvo siempre con nosotros provocaron que nuestras relaciones fueran magníficas, y si este libro ve hoy la luz se lo debemos, en gran medida, a él. Don Luis Wilhelmi nació en Granada en 1911; nieto de un emigrante alemán, desde muy joven se decantó por la carrera de las armas, logrando ingresar en 1930, por oposición, en la 3ª promoción de la 2ª época de la Academia General Militar de Zaragoza. De los dos años previstos por el plan de estudios, tan sólo permanecería uno en la capital maña, debido al «cierre» forzoso del citado centro de formación, decretado en 1931 por el ministro de la Guerra, entonces Manuel Azaña, pasando los otros tres periodos lectivos en la Academia de Artillería de Segovia, como miembro de la 224ª promoción del Arma, de la que saldría con el empleo de teniente en 1934. Al producirse el Alzamiento, el teniente Wilhelmi estaba destinado en el Regimiento de Artillería de Costa de El Ferrol y se unió al mismo junto a todos sus compañeros. Por su dominio del idioma alemán, durante varios meses realizó funciones de oficial de enlace con la Legión Cóndor, en el Cuartel General del Generalísimo. Cuando en octubre de 1937 llegaban a España las veintidós baterías antiaéreas alemanas de 75/36 Flak 14, el entonces capitán Wilhelmi, buen conocedor de la especialidad antiaérea, fue nombrado responsable de la recepción de los materiales y de la traducción de los manuales, pasando poco después a mandar la denominada 26ª batería, formada, mayoritaria y curiosamente, por antiguos gudaris vascos cogidos prisioneros tras la conquista del frente norte por las tropas de Franco. Desde este destino llegó a emitir propuestas, aprobadas poco después por la propia Wehrmacht alemana, para la modificación de la espoleta mecánica a tiempos (de «relojería») ZS-30, origen de la futura ENA 30, desarrollada en España y adoptada por la artillería hispana en los años de la posguerra. Al terminar la Guerra Civil española, realizó diversas comisiones en Alemania en los difíciles años de la Segunda Guerra Mundial, hasta su ingreso en la entonces recién creada Escuela Politécnica Superior del Ejército. Este centro de formación militar había nacido a principios de los años cuarenta y significaba un -llamémosle así- regreso al sistema de enseñanza militar instaurado por la República en 1931; sistema que, entonces, había estado fuertemente influido por las dos disoluciones del Arma de Artillería decretadas por Primo de Rivera y que suprimió, de un plumazo, la titulación de ingeniero industrial o arquitecto para los oficiales de los antiguos Cuerpos Facultativos de Artillería e Ingenieros (titulación con la que, hasta entonces, salían de la Academia). De las aulas de la «Politécnica» saldría el comandante Wilhelmi con el título de doctor ingeniero de Armamento, abandonando su adscripción al Arma de Artillería, e ingresando en el recién creado Cuerpo de Ingenieros de Armamento y Construcción. No cabe duda, visto desde la atalaya que supone el paso de los años, que la creación de este nuevo cuerpo era el resultado práctico y, ciertamente sangrante, de desgajar del Arma de Artillería la función técnica del diseño y la fabricación de armamento, la cual venía realizando en las fábricas militares desde tiempo inmemorial, consumándose de esta manera una verdadera escisión del Arma. Con sus antecedentes, don Luis Wilhelmi Castillo estaba predestinado a despuntar en la renovada industria española de armamento. De su carrera hay que destacar su paso por el Laboratorio Químico Central de Armamento de La Marañosa, como coronel director, último destino de su importante y meritoria carrera técnico-militar. Éstas son, a grandes rasgos, las pinceladas más relevantes de la vida militar de uno de los protagonistas de esta historia, del hombre que nos va a permitir adentrarnos en el más importante de los proyectos llevados a cabo a mediados del siglo XX -hace ahora cincuenta años-, en el Centro de Estudios Técnicos de Materiales Especiales (CETME): el fusil de asalto español por excelencia, del que tomaría su nombre. Desde estas páginas, además de testimoniarle nuestro agradecimiento, le queremos rendir nuestro pequeño homenaje, cargado, eso sí, de admiración y cariño.