AUTOR/ES: Pilar Eyre
ISBN: 9788497343930
AÑO: 2005
EDICION: 1ª
IDIOMA: Castellano
ENCUADERNACIÓN: Rústica
PÁGINAS: 360
DIMENSIONES: 16x24
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PUNTOS CLAVE: «Juanito y Alfonso se llevaban dos años de diferencia. Ambos se apellidaban Borbón, eran nietos del rey de España, Alfonso XIII, nacieron con la maldición del exilio, fueron primos y rivales, y tuvieron un destino tan extraordinario que los dos han merecido entrar en la Historia.» Con estas palabras abre Pilar Eyre un libro apasionante, cuyas páginas levantan la cortina de misterio que durante años ocultó las conspiraciones, las tragedias y también algunas comedias tejidas para suceder a Franco. En aquel escenario de los años setenta, dos figuras vulnerables y conmovedoras, Don Juan Carlos de Borbón y Don Alfonso de Borbón, rivalizaban para ceñir una corona que entonces ni siquiera existía. Y en la sombra siempre Don Juan, conde de Barcelona, desbancado por su propio hijo tras haber luchado sin cesar por el regreso de la monarquía a España. Un extraordinario relato de intrigas familiares y palaciegas que la autora ha construido apoyándose, entre otras fuentes, en las conversaciones mantenidas directamente con algunos de los protagonistas de aquellos intensos momentos.
CONTENIDOS: Primeras páginas del libro: Preámbulo Agosto. 1970. Pazo de Meirás. Nueve de la noche. Al lado del gran comedor, en una pequeña salita con artesonado de madera, adornada con cuadros pintados por el Caudillo y varias cerámicas de Sargadelos, están sentados alrededor de una mesa baja la Señora, es decir, doña Carmen Polo, don Juan Carlos de Borbón y doña Sofía, futuros reyes de España, el propio Francisco Franco y dos personas allegadas a la familia. Hoy han dedicado el día a la pesca, han salido en el Azor y en sus rostros se refleja el cansancio de la jornada, a pesar de que el resultado no ha sido malo: Su Excelencia ha pescado en la ría de Sada dos atunes de gran tamaño, aunque nada que ver, claro está, con el de 375 kilos que Franco consiguió hace un tiempo en esta misma ría y que constituyó el récord europeo de pesca de ese año. Ahora les espera la cena, frugal como siempre; cuando están en Galicia nunca falta el caldo gallego; y después verán la televisión hasta medianoche: Crónicas de un pueblo. El Caudillo sostiene con mano que el mal de Parkinson hace temblar ligeramente un vaso de Fanta de naranja. Tiene una expresión ausente y en algunos momentos parece dormitar. Desde la pared parece observarlo con tristeza un ciervo abatido por él mismo en un coto de la sierra de Cazorla, donde acude los meses de octubre. Dentro de siete años, ya muerto Franco, todo este escenario será pasto de las llamas y precisamente esta cabeza de ciervo será uno de los pocos objetos que se conseguirá salvar. Pero ahora estamos en 1970, hace un año que don Juan Carlos ha sido nombrado sucesor a título de Rey y la Señora desgrana el rosario con tono monótono, «virgo potens, virgo fidelis, virgo clemens». Los príncipes de España contestan con la mirada baja y en tono de profunda devoción. Han llegado el día anterior, en dos vuelos diferentes, doña Sofía ha viajado con el príncipe Felipe y don Juan Carlos con las dos Infantas. La carretera que lleva a este pazo, que había pertenecido a la condesa de Pardo Bazán y que fue regalado a Franco poco después de la Guerra Civil con aportaciones «voluntarias» de todos los coruñeses, está jalonada de plátanos y de guardias civiles. ETA está en plena efervescencia y se teme un atentado. Siempre hace fresco en el interior de Meirás. El talante tranquilo de las seis personas que están rezando en la salita contrasta con la ruidosa actividad que hay en el pazo. Los marqueses de Villaverde acaban de salir, elegantes, guapos, bronceados, dejando detrás suyo una estela de perfume. Nenuca, la marquesa, se ha puesto un vestido de noche de Pertegaz y Cristóbal viste con prestancia una americana azul marino con un escudo en el bolsillo y, en lugar de corbata, luce un foulard. Llevan como invitados a sus amigos los Coca y a su tío Pepe, el artífice de la inmensa fortuna de los Martínez-Bordiú, cifrada en 100.000 millones de pesetas en el año 77.Van a cenar con un grupo numeroso al Club Náutico de La Coruña. Por el camino dejarán a su hijo Francis, que tiene diecisiete años, en casa de unos amigos, que luego se encargarán de retornarlo al pazo. Mariola, la hija segunda, un año mayor, se ha quedado en Madrid preparando el papeleo de su recién comenzada carrera de Arquitectura. Los pequeños, Ferry, Arancha, José Cristóbal y Jaime, acaban de cenar en el comedor de servicio con las hijas de los príncipes de España, Elena y Cristina, bajo la supervisión de miss Hibbs, a la que los niños con cachondeo llaman «la nanísima». Están a punto de acostarse. Felipe, que apenas tiene dos años, duerme desde las ocho de la tarde. Suena un claxon en el inmenso jardín poblado de castaños, magnolios centenarios y buganvillas y un taconeo vivaz se oye en la escalera. Carmen Martínez Bordiú, la nieta mayor, que tiene diecinueve años, se asoma a la puerta del saloncito. Aún falta un año y medio para que se prometa en matrimonio con Alfonso de Borbón Dampierre; aunque ella no lo sabe, claro está, es un compromiso que lleva cuatro años gestándose en las mentes calenturientas y ambiciosas de Cristóbal Villaverde y quizás del propio Alfonso. Pasado ese tiempo será Carmencita la que recibirá reverencias y muchos la verán como la futura reina de España. Pero, en este momento, Alfonso está en Italia divirtiéndose con la actriz Marilú Tolo y Carmencita es novia oficial de Jaime Rivera y, antes de casarse con su príncipe azul, todavía pasará por los brazos de, ¡oh escándalo!, un hombre casado. Carmen es una niña mimada, guapa, alegre, llena de vida. Franco, la Señora, Juan Carlos y Sofía interrumpen un momento el rezo del rosario para mirarla. La nieta les dice: —Bueno, me han venido a buscar, me voy. Y entonces dirige una mirada algo burlona a los jóvenes príncipes de España y les pregunta: —Y sus altezas, ¿no salen? Y don Juan Carlos, dirigiendo una mirada de ternura a Franco, ya en el declive de su vida, le contesta a Carmen: —No, no. Nosotros nos quedamos con el abuelo. Me cuenta un testigo de la escena que a Franco le brotaron las lágrimas.