AUTOR/ES: Ramón Salas Larrazábal
ISBN: 9788497344654
AÑO: 2006
EDICION: 1ª
IDIOMA: Castellano
ENCUADERNACIÓN: Rústica
PÁGINAS: 3572
DIMENSIONES: 12x19
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PUNTOS CLAVE: Treinta y tres años después de la primera y única edición de esta obra, La Esfera de los Libros emprende su reedición en lo que constituye una importante iniciativa editorial tanto por la recuperación de un texto de reconocido valor como por el momento en que se lleva a cabo, cuando la Guerra Civil está siendo objeto de debate tanto académico como político. Dos generaciones de historiadores han carecido de la posibilidad de acceder a esta fuente de obligada referencia. Este minucioso estudio del Ejército Popular de la República -la institución surgida en septiembre-octubre de 1936 y encargada de sustituir al desaparecido ejército republicano y de integrar a las milicias populares que habían protagonizado los primeros meses de la guerra- recoge una ingente documentación procedente de archivos militares que permite conocer los antecedentes, la aparición y el desarrollo del Ejército Popular, así como su actuación a lo largo de la contienda. Ramón Salas Larrazábal, él mismo participante en el conflicto en las filas del bando vencedor, muestra a lo largo de estas páginas una actitud de moderación y conciliación que supera la «historiografía de la victoria» y se acerca al espíritu que presidió la Transición nacida en 1975. Un texto de historia militar global que sin duda contribuye al mejor conocimiento de nuestro convulso pasado.
CONTENIDOS: Primeras páginas del libro: PRESENTACIÓN - Por Ramón Salas Larrazábal Raymond Aron, el notable publicista francés, analiza minuciosamente en su magnífico libro Guerre et paix entre nations, los conflictos que pueden plantearse entre estados soberanos o en el interior de los mismos y llega a la conclusión de que las guerras civiles son consecuencia de la subversión provocada por una minoría dinámica con suficiente audiencia en el país como para debilitar la voluntad de resistencia de las fuerzas establecidas en el poder. El objetivo de los elementos subversivos es siempre un objetivo político: el de implantar sobre la población del país una nueva autoridad moral y administrativa que señale para el Estado nuevos derroteros ideológicos en el orden social, político, económico y militar. En el pensamiento de Aron el éxito de los sublevados depende, ante todo, de las relaciones espontáneas que se establecen entre la minoría activa que promueve y dirige la lucha y la masa de la población, de donde su objetivo inmediato tiene que ser, necesariamente, la conversión y el encuadramiento de las masas. Si consiguen influir decisivamente sobre ellas, la relación de fuerzas, normalmente muy desfavorable para los insurrectos, puede modificarse esencialmente al hacer intervenir factores psicológicos y morales de una importancia superior a la de los recursos materiales. Este hecho puede lograr, y logra frecuentemente, invertir la ecuación de potencia. Según Aron, este esquema, válido como regla general, encontró en la guerra de España una excepción muy cualificada y sorprendente. En ella, siempre siguiendo a Aron, el desenlace vino determinado «más aún que por la discordia en el campo republicano, por la superioridad material de Franco», que alcanzó tal magnitud que le liberó de realizar la tarea de conversión y encuadramiento de las masas que es, a sus ojos, la esencia misma de la guerra subversiva. La rotunda afirmación de Aron me dio, en su tiempo, mucho que pensar e influyó notablemente en mis posteriores trabajos de investigación. Para mí no resultaba tan axiomática la superioridad material de Franco y, por supuesto, creía que no había alcanzado nunca un grado tan decisivo como para anular los factores psicológicos preponderantes en toda confrontación civil; la cosa no me parecía, en principio, tan simple y algo más que esa supuesta inferioridad material, si es que realmente la hubo, tenía que explicar una derrota tan rotunda y duradera de unas fuerzas que dispusieron inicialmente de los cuantiosos recursos que ofrece el poder establecido, y que contaron con el apoyo de masas fervorosas y entusiastas. Las conclusiones de Aron se me antojaban, cuando menos, apresuradas y simplistas y a mi entender acusaban una cierta pereza mental, pues creo que un pensador capaz de analizar tan minuciosamente como él lo hace una situación general estaba obligado a plantearse como problema una realidad tan extraña. Si en todos los casos de guerra civil la superioridad material jugó un papel menos importante que los factores psicológicos, ¿por qué sucedió en España lo contrario? Era una interrogante incitante que exigía una respuesta meditada y convincente. Ésa fue una de las causas de que me dedicara con ahínco a estudiar nuestra guerra y de forma muy especial el instrumento militar que forjó el bando gubernamental para librarla. De acuerdo con Ortega, creía y creo que «el mismo genio que inventa un programa sugestivo de vida en común sabe siempre forjar una hueste ejemplar que es de ese programa símbolo eficaz y sin par propaganda» y que en su consecuencia, el grado de perfección y eficacia que alcanzara el Ejército Popular mediría, «con pasmosa exactitud», los quilates de la moralidad y vitalidad del bando frentepopulista. La repetición exhaustiva de que su derrota no se debió a que tuviera una vitalidad débil, una moral quebradiza o una calidad defectuosa, sino a causas externas que le situaron en condiciones de manifiesta inferioridad material, ha culminado en el tópico que recoge Aron sin tomarse la molestia de someterlo a juicio, pues para él, como para casi todos los europeos de su generación, resultaba una afirmación obvia. Para mí, sin embargo, la cosa no estaba tan clara y exigía un tratamiento más riguroso. Todos los escritores, historiadores o no, daban por supuesto que Franco gozó sin contrapartida alguna del apoyo «casi ilimitado» de Alemania e Italia y aceptaban como incuestionable la progresión constante e irresistible de su superioridad material, pero nadie aportaba la prueba fehaciente de que ello fuera cierto. Se barajaban cifras que jamás se justificaban, se copiaban los autores unos a otros y todos ponían de manifiesto «la influencia de la mitología oral y el atractivo de lo fabuloso». Asombra la ligereza con que historiadores y periodistas han reproducido cifras, datos e informaciones sin sentirse obligados a efectuar la menor comprobación y aún sorprende más que eminentes contemporáneos se atrevan a tratar cuestiones que no conocen en absoluto o dominan sólo en parte, con una pedantería y suficiencia escalofriantes. Evidentemente el método por utilizar era otro. Nada podía ser aceptado sin comprobación, todo debía ponerse en tela de juicio y cualquier información, procediera de donde procediese, debía pasar por el estrecho tamiz de una crítica severa. Muy recientemente el diplomático Fernando Schwartz dice en el prólogo de su libro Internacionalización de la guerra civil de España que lo escrito sobre el tema es tanto y tan bueno que difícilmente se puede ser ya original al tratarlo. Discrepo fundamentalmente; precisamente porque se ha escrito tanto y con tanta superficialidad es por lo que el investigador tiene la obligación de ser original o callarse; su esfuerzo debe dirigirse a orientarse, y orientar a sus lectores, por la farragosa literatura nacida bajo el signo de la propaganda sectaria, la pasión partidista o el afán sensacionalista. De esa actitud mental se deduce, en primer lugar, un cierto desdén por la bibliografía, herejía que me reprocharán sin duda los eruditos. No quiere esto decir que no haya leído centenares de libros sobre el tema y que no reconozca haber encontrado en casi todos ellos, incluso en los peores, algo aprovechable, dato, cita o fecha de interés; quiere simplemente decir que en el orden de mis preocupaciones ocupaban un lugar muy secundario y por supuesto puramente complementario. El tiempo que se perdía estúpidamente leyendo libros estúpidos resultaba mucho más rentable dedicado al estudio de las fuentes documentales y como el disponible es necesariamente limitado se imponía una decisión excluyente; los más optaron por ofrecer a sus lectores unas impresionantes relaciones de textos consultados acompañadas de un aparato técnico espectacular, pero algunos hemos elegido el camino menos brillante del «trabajo minucioso, arduo y en comparación con el otro lento también, propio del historiador encadenado a lo concreto». La elección en mi caso venía obligada por la necesidad de huir del engañoso espejismo creado por tanta pluma exquisita que ha encubierto con la belleza de su prosa una notable indigencia de conocimientos y me decidí por adquirir una riqueza individual y a ser posible desbordante, de noticias ciertas. Los escritores de que hablo, con el enorme atractivo de su producción literaria, han dificultado y dificultan el esclarecimiento de los hechos ofreciendo una «teoría» que pone en peligro la realización de un auténtico trabajo de investigación histórica. Sus escritos se basan comúnmente en consideraciones influidas por «disciplinas secundarias fuertemente generalizadoras y tipificadotas como, por ejemplo, la ciencia política y la sociología» y aunque no se cansan en pedir a los historiadores que superen de una vez por todas el pasado con su carga de condicionamientos subjetivos, si éstos llegan en sus investigaciones a conclusiones en pugna con la «teoría» se encuentran en general poco dispuestos a aceptar con ecuanimidad los resultados de esos trabajos. Esto nos enfrenta con el tan traído y llevado tema de la «objetividad » y ante él quiero definirme para evitar cualquier clase de equívoco. En la guerra española opté, voluntariamente, por uno de los bandos, el vencedor, y ello me sitúa irrenunciablemente en un observatorio determinado ante el que se abren unas perspectivas concretas. Ello, sin embargo, no me invalida en absoluto como historiador; creo que la historia es algo apasionante y que se escribe apasionadamente; ante ella no cabe la actitud neutral y aséptica. Todo auténtico historiador se siente atraído por el objetivo de su estudio únicamente en tanto éste sea capaz de despertar su entusiasmo pues de otra forma provocaría su tedio y abandonaría; el que continúa prendido en las redes del estudio de un determinado período histórico, de un personaje, de una idea en evolución o de unos acontecimientos más o menos trascendentales es que siente una pasión creciente por el objeto de su estudio y cuanto más ahonda en él, más toma partido. En definitiva pienso, con Meinecke, que «la mera relación de los hechos objetivos vinculados a un determinado valor no es posible sin una primera valoración realizada por el propio historiador». No basta investigar y exponer los hechos, es preciso interpretarlos y esto se hace, necesariamente, en forma subjetiva. Mommsen toma partido por Roma frente a Cartago y nadie puede reprochárselo. La exigencia única que a sí mismo se debe el historiador es la de ser veraz, la de rechazar cualquier conclusión premeditada y la de negarse terminantemente a distorsionar los hechos o a elaborar los datos a su capricho hasta hacerlos coincidir con aquello que ha prejuzgado que forzosamente «tiene que ser». Cumplida esta triple condición el historiador tiene su conciencia tranquila; sus mismos datos pueden llevar a otros a distintas conclusiones pero nadie los podrá poner en duda ni mucho menos refutar. Con este espíritu inicié mis trabajos de investigación hace ya más de diez años y este libro es el fruto de miles de horas de trabajo tenaz que me permiten establecer de forma categórica algunos postulados que pueden parecer insólitos. Primero.- El día 19 de julio de 1936 el Gobierno frentepopulista se vio ante la prueba de una guerra civil porque los sublevados contaban en el país con suficiente audiencia como para quebrantar en alto grado su posición en el poder. En otro caso los rebeldes no hubieran tenido probabilidad alguna al fracasar el golpe de Estado. Segundo.- El Gobierno perdió finalmente la partida porque su influencia sobre el país decayó continuamente a lo largo de la guerra al tiempo que crecía en igual medida la de sus enemigos victoriosos. Tercero.- En aquel entonces los medios de hacer y sostener la guerra que existían en el país se repartieron en forma relativamente equilibrada entre los bandos en pugna, como consecuencia lógica de su igualdad de fuerzas. Las diferencias que se produjeron en la distribución de determinados elementos, permite ponderar aún mejor la equidad que presidió su reparto global. El Gobierno consiguió una sustancial ventaja que no hacía sino reflejar la que suponía el disfrute de los resortes del poder. Cuarto.- No solamente el material del Ejército y las fuerzas de orden público fue el que se repartió con equidad; también el personal que habría de servirlo se distribuyó en forma relativamente homogénea. Quinto.- La supuesta superioridad material de Franco, o si se prefiere la clara inferioridad de los gubernamentales, no existió más que como consecuencia muy tardía de las sucesivas derrotas sufridas por el Ejército Popular, muy especialmente en el norte y en Aragón. Sexto.- La ayuda militar «casi ilimitada» que se dice recibió Franco de Italia y Alemania no llegó a igualar en cantidad al equipo, armamento y municiones, recibido por el Gobierno del Frente Popular, de la Unión Soviética o de otros mercados europeos y extraeuropeos. Séptimo.- La discordia en el campo republicano no fue un factor con influencia decisiva en la guerra y, aun en el caso de que lo hubiera sido, sólo serviría para demostrar la incapacidad de los dirigentes frentepopulistas para dirigir la acción colectiva de sus masas y la ausencia de suficiente atractivo integrador en sus programas. En definitiva, nuestras conclusiones nos llevan a la convicción de que también en España hallaron confirmación las presunciones de Aron y que, por lo tanto, nuestra guerra no supuso excepción alguna en la historia de los conflictos civiles. Los factores psicológicos mantuvieron su importancia decisiva, unos y otros se vieron obligados a influir sobre las masas del país intentando convencerlas de la bondad de sus fines y encuadrándolas en sus ejércitos, y el material jugó el papel que normalmente le cabe en este género de confrontaciones. Si las cosas fueron así, y pretendo haberlo demostrado, es evidente que la derrota final del Ejército Popular tuvo que deberse, de creer a Aron, a su debilidad moral y ésta a la falta de un proyecto viable de futuro, a la incapacidad integradora de sus dirigentes políticos y a la incompetencia administrativa del conglomerado político y social que lo forjó y le dio vida. En algo tiene razón Aron y los que han influido en su pensamiento, y es en que la historia del Ejército Popular de la República es la historia de una permanente indigencia. Ya en julio del 36, cuando en Madrid contaban con más técnicos, más fusiles, más cañones, más municiones y más aviones que cuantos Mola podría reunir para atacarles, los jefes del Frente Popular se sintieron débiles e indefensos y creyeron que su lucha era la de David contra Goliat; ya entonces sus dirigentes políticos y militares clamaron por su carencia de técnicos, fusiles, cañones, municiones y aviones y sus lamentos llegaron al cielo. Los seguramente más de 100.000 fusiles existentes en Madrid y sus guarniciones inmediatas fueron insuficientes para dotar a unas columnas que en conjunto no sumaban 10.000 hombres -Francisco Galán me escribía poco antes de su fallecimiento que, en Somosierra, no disponía del número de fusiles necesarios para armar a sus milicianos, que no pasaban de 1.000-; los 150 cañones de los regimientos y del parque madrileño no bastaban para prestar apoyo a esas pequeñas columnas y el centenar largo de aviones que se concentraban en Getafe, Cuatro Vientos, Alcalá de Henares y Barajas no les otorgaban suficiente protección. Después las cosas mejoraron pero el clima de penuria se mantuvo, y es que esto de la escasez es algo muy directamente relacionado con la capacidad de organizar y mandar que define a los políticos, estadistas, estrategas, y... aun a las amas de casa. Todos conocemos familias que disponiendo de idénticos ingresos periódicos cumplen de muy diferente manera sus fines y así, mientras aquellas que cuentan con una buena administración logran alcanzar el bienestar y aun el confort y cubren escrupulosamente sus gastos con sus ingresos familiares, otras manirrotas o torpes no consiguen salir adelante, carecen incluso de lo necesario y terminan como objeto de la caridad pública. El manirroto, el pródigo, aún goza de algún momento fugaz de esplendor del que como en los fuegos artificiales queda el recuerdo de su brillante estela, pero el torpe, el incapaz, no logra salir ni un solo instante de su mediocridad lastimosa y lastimera; algo de esto ocurrió a los hombres que administraron la República del Frente Popular. Algunos de ellos, e incluso muchos, eran capacitados, inteligentes y activos pero, por la razón que fuera, no consiguieron superar las trabas de un sistema torpe e incapaz que les sumió, a ellos y a su obra, en la lamentable situación del indigente. Ésta es la historia de unos y otras; hasta ahora nadie la había intentado y en ello estriba su originalidad; aportarnos en apoyo de nuestras tesis la autoridad de miles de documentos debidamente contrastados, la de muchos testimonios directos pasados por el tamiz de una crítica severa e incluso la de algunas referencias bibliográficas que, aunque más escasas, no hemos despreciado siempre que vinieran confirmadas por algún documento o avaladas por una estimación razonable de certidumbre. Nuestro método de trabajo nos ha hecho incurrir constantemente en el llamado «complejo de Colón» y por lo tanto descubrimos frecuentemente mediterráneos muy de antiguo transitados, pero ante tanta Atlántida, fabulosa y mítica, como se ha ofrecido a nuestros ojos preferimos, como Santo Tomás, ver para creer y comprobar por nosotros mismos la existencia real de islas, costas y montañas, y trazar personalmente el mapa de sus contornos y perfil; el confuso maremágnum que ofrece la bibliografía propagandística o influida por ella, no sólo justifica sino que exige que así se proceda. Cuando las aguas remansen y los espíritus se serenen no será necesario obrar con tanta cautela...