AUTOR/ES: Carmen Güell
ISBN: 9788497340748
AÑO: 2002
EDICION: 4ª
IDIOMA: Castellano
ENCUADERNACIÓN: Cartoné
PÁGINAS: 240
DIMENSIONES: 16x24
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DE INTERES PARA: Historia de España
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PUNTOS CLAVE: María del Pilar Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo (1762-1802), decimotercera Duquesa de Alba, fue una de las mujeres más deslumbrantes y originales de la historia española. Hija única y heredera de una de las Casas más ilustres de la aristocracia, destacó por su belleza y desparpajo tanto en los salones cortesanos de su rival, la reina María Luisa de Palma, como en los barrios castizos donde nació, rodeándose de tonadilleras, majas y toreros. Musa por excelencia de Goya, y quizá amante del genial pintor, en su lujoso palacio de Buenavista organizó un complot para acabar con el gobierno de Godoy, favorito de la reina. Aristócrata y maja encarnó a la perfección el ideal de primera heroína romántica. Su trágica muerte a los cuarenta años permaneció durante mucho tiempo envuelta en el misterio: ¿suicidio o asesinato? ACOGIDA DEL LIBRO "Para el lector puede servir como punto de partida para adentrarse en un mundo fascinante, el periodo de esplendor de una cultura aristocrática antes de derrumbarse bajo el empuje de la guerra y la revolución". Antonio Álvarez Osorio, "Clío".
CONTENIDOS: Primeras páginas del libro: Capítulo I (1762-1769) “No os debo agradecimiento de haberme traído aquí, pues no ha sido afecto a mí, sino es desvanecimiento, para que yo me admirara, y os tenga por advertido, de haber por dama escogido, cosa tan hermosa y rara.” De La Petimetra, de Nicolás Fernández de Moratín. Nací en Madrid, en la mañana del Corpus Christi de 1762, en el antiguo caserón de los Duques de Alba, situado entre los barrios bajos de Lavapiés y El Rastro. Un relicario con restos de Santa Teresa de Ávila, que siglos atrás recibiera hospitalidad en aquella casa, fue llevado de inmediato a la alcoba de la parturienta para detener el desangramiento. A través de las celosías llegaban el agobiante calor del junio madrileño y el eco de las rogativas callejeras por la madre primeriza. En cuanto a mí, sobreviví gracias al cuidado de mi ama, y especialmente a su leche, de primerísima calidad y, según se decía, capaz de obrar milagros en los casos desesperados. Mi llegada a este mundo fue bien acogida por mis padres, quienes, después de cinco años de unión sin descendencia, empezaban a perder las esperanzas de dar un heredero a la Casa de Alba. Aun cuando no ocultaron que hubieran preferido un varón, para dar continuidad al ilustre apellido Álvarez de Toledo, que desde su remoto origen había estado unido a nuestra estirpe. Mi desilusionado padre sabía cuántos problemas acarreaba a los grandes linajes el tener que conformarse con una única heredera. Fui cristianizada en la misma casa un día después de mi nacimiento, «por caso de necesidad» según aparece escrito en mi partida de bautismo, en un acto sin pompa en el que se me impusieron treinta nombres, siendo el segundo Teresa, el de la Santa salvadora de mi madre y numen tutelar de mi linaje. La ruptura de la norma de recibir las aguas sagradas en la iglesia, y la prisa por realizar aquella ceremonia, se debió a que mi padre tenía la misma poca fe en el poder salvador de la leche del ama que en la Santa de Ávila, y no pensaba que yo viviría más de unos días. Mi padre, Francisco de Silva y Álvarez de Toledo, Duque de Huéscar, educado en París cuando su padre ejercía de embajador de Su Majestad en Versalles, era un ilustrado que desconfiaba de todo lo relacionado con los poderes celestiales. Refinado y bien parecido, mi nacimiento no habría de interrumpir su modo de vida, dividida entre su cargo de brigadier de carabineros y las diversiones y cortejos. Ajeno a cualquier asunto doméstico, el trato de mi padre conmigo casi no existía. Mi madre, María del Pilar Ana de Silva y Sarmiento de Sotomayor, debería encargarse, a su manera, de llenar esa carencia. Mujer de genio, era además muy poco convencional. Sin embargo, también sufría las influencias de la iluminada Francia. A diferencia de mi padre, poseía luces propias y mucho donaire. Si a ello se le suma su gran belleza, esa poco habitual combinación la hacía ser envidiada por las mujeres y deseada por los hombres de todos los estamentos sociales. Su educación era la de una humanista: conocía el francés y el latín, idiomas de los que era excelente traductora; y la música y la danza. Su erudición le valdría un puesto en la Academia de San Fernando. Los académicos se reunían asiduamente y dedicaban horas y horas a los asuntos más dispares. Ora decidían solicitar el inventario de las estatuas sitas en el palacio de un duque, antiguo embajador en Roma; ora aconsejaban al arquitecto del Rey de qué color pintar las ventanas del Palacio Nuevo que daban al Campo del Moro. En no pocas ocasiones se enzarzaban en acaloradas discusiones para votar si debían o no enviar una carta al editor de El Censor, en protesta por el poco respeto que los madrileños mostraban hacia los jardines públicos. Pero en todos los casos mi madre, tan segura de sí, era escuchada con beneplácito y respeto. La toma de posesión de su cargo, en el viejo edificio sede de la Academia con anterioridad a que esta institución se mudase al nuevo palacio cercano a la Puerta del Sol, es uno de los recuerdos más vivos que guardo de mi niñez. Yo era apenas una niña de cuatro años, pero el acto me produjo una fuerte impresión. A través de mi madre experimenté por vez primera lo que significa ser centro de la atención de todas las miradas, y sentí que eso me gustaba. La maternidad, en cambio, no estaba hecha para ella. Pasado el entusiasmo inicial, realizado su sueño de dar a luz, mi madre se desentendió de mí sin ningún miramiento. Sus prioridades eran las tertulias, los saraos y la búsqueda de nuevos talentos para mayor gloria de las Musas. Junto a su marido destacaba en el Madrid de la Ilustración, representando el papel de leal esposa y amiga. La presencia de «los Huéscar» era de buen tono, y esperada con expectación en las casas de la Grandeza y de los golillas de alto copete, hombres de talento de origen humilde que habían hecho carrera en la cosa pública. Ambos eran jóvenes, bien parecidos, ricos, ilustrados y linajudos. No era de extañar, pues, que la gente se rifase su compañía. Dado que no estaban casi nunca en casa, fueron primero mi ama y después mi aya las que me hicieron de padre y madre. María Troyre me despertaba por las mañanas sin alzar la voz para no sobresaltarme, a sabiendas de que cuando volviera al cabo de un rato me encontraría dormida en la misma postura, hecha un ovillo. Era ella la que me traía el desayuno a la cama —una jícara de chocolate con bizcochos—, la que seleccionaba para mí las mejores frutas y verduras que llegaban diariamente de nuestros estados, y quien solicitaba a la cocinera mis dulces favoritos (manjar blanco del Perú y melindres de Ávila), ya que dicha mujer no me permitía entrar en su reino ancilar. De María aprendí a rezar las horas con devoción. No obstante, cuando empezó a enseñarme a leer y escribir, a pesar de sus escasas luces, yo no colaboraba en absoluto. Mi principal deseo consistía en salir a la calle, lo que más me gustaba en el mundo. Lo único que me hacía reaccionar era recordarme cuán triste se pondría mi madre al enterarse de que no avanzaba en el estudio. Pues aunque apenas se ocupaba de mí, daba mucha importancia a que fuese una femme savante como ella, y se lamentaba de lo poco aplicada que yo era. Esos reproches me dolían en lo más profundo, porque me recordaban que estaba lejos de ser el modelo de hija que ella deseaba que fuera. En este sentido, el único que me inculcaba el esfuerzo con el ejemplo era mi abuelo paterno, Fernando de Silva y Álvarez de Toledo, decimosegundo Duque de Alba y verdadera figura central de mi infancia. Era él quien me instruía en las cosas importantes de la existencia, lo que me conducía a buscar su apoyo cual el de un verdadero padre. Me gustaba oír de sus labios, sobre todo, las hazañas de nuestros mayores; en especial las del llamado Gran Duque, famoso por sus arrojadas acciones militares en los Países Bajos durante el reinado de Felipe II, así como el relato de cuando la Santa de Ávila se había alojado en nuestra casa. Mi abuelo conocía en profundidad la vida y la obra de la mística. Gracias a él aprendí a amarla, y por ello quise que de entre todos mis nombres siempre me llamaran Teresa. Por otra parte, saber cómo vivieron y cuáles habían sido las aspiraciones de las gentes de mi linaje constituía una interesante lección —que el abuelo me contaba con lenguaje sencillo pero lleno de detalles—, además de una divertida forma de pasar el tiempo. Gracias a él, que poseía una de las mejores pinacotecas de la época, aprendí a disfrutar de la pintura desde muy niña. Mostrándome las obras de Velázquez, de Rafael o de Correggio, por citar algunos de los grandes maestros cuyos lienzos decoraban nuestra casa, el abuelo me explicaba una por una el estilo y la técnica con que habían sido realizadas. También ponía gran pasión y suma ironía al detallarme cada uno de los extravagantes objetos que componían su «gabinete de las maravillas», heredados de un supersticioso duque; por ejemplo, un cuerno de unicornio engastado en una base de macizo nogal, o las plumas de ave fénix que custodiaban un fanal de vidrio en forma de campana, o un pez diablo del mar Muerto, disecado y enmarcado en oro, o un retal del vestido que llevaba la Virgen María cuando recibió la visita del Ángel… Al igual que en el caso de la historia de mis ancestros, lo escuchaba embelesada. Exigente, pero tierno en el fondo, yo notaba que el viejo Duque me quería. Esto propiciaba entre nosotros una sólida relación de confianza, que no desaparecía ni siquiera cuando era presa de súbitos arrebatos de cólera. En tales ocasiones me escabullía hasta que le veía tranquilizado del todo y volvía a ser el de antes. Yo no tenía sus prontos. A mí, ni la lentitud de los sirvientes ni una berlina mal enganchada a los caballos me descomponían como a él. Y sí, en cambio, me hacían enfadar el mal tiempo, que me impedía los juegos al aire libre, o una mancha en la basquiña, esa especie de saya negra que me plantaban sobre la ropa interior para poder salir a la calle. En esos momentos, cuando me ofuscaba, el abuelo siempre decía que usara «la razón». En su época de embajador en Francia se había ganado la amistad de muchos filósofos enciclopedistas, que habían hecho de aquel atributo del espíritu humano la piedra angular de su filosofía. También había frecuentado mucho al escritor Jean-Jacques Rousseau, autor de Émile ou De l’éducation, obra que proclamaba la libertad e inocencia natural de la humanidad, publicada el mismo año en que yo había visto la luz. «Los hombres nacen libres y buenos, es la sociedad quien los corrompe y esclaviza», solía decir el abuelo, parafraseando a su amigo ginebrino. Siguiendo esas dos escuelas de pensamiento, había erigido el viejo señor los principios en los que basaba mi educación. Es decir, la Ilustración y la libertad. Está claro que siendo quien era daba también importancia a los valores tradicionales, como la devoción religiosa y el acatamiento a la Corona, principios que nunca perdía de vista. De acuerdo con ese espíritu, me enseñaba a ser respetuosa, comprensiva y abierta con todos. La moral, las ideas y el estamento social no debían ser determinantes a la hora de relacionarse con los demás. Lo importante era ser veraz con uno mismo. A ello se debía que no le molestara en absoluto que yo me sintiera atraída por el mundo más inmediato que nos rodeaba, por la calle.
DATOS DEL AUTOR: Carmen Güell es licenciada en Historia y autora de "El mecenas y el artista", original visión de las relaciones entre su antepasado el Conde de Güell y el arquitecto Antonio Gaudí, de gran éxito. En La Esfera de los Libros ha publicado "María Luisa de Parma" y "La Duquesa de Alba". Su obra “Maria Luisa de Parma”, ha sido publicada por esta editorial, en el año 2003.