AUTOR/ES: Ricardo Mateos Sáinz de Medrano
ISBN: 9788497344678
AÑO: 2006
EDICION: 1ª
IDIOMA: Castellano
ENCUADERNACIÓN: Cartoné
PÁGINAS: 776
DIMENSIONES: 16x24
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PUNTOS CLAVE: La Casa de Alba, los duques de Medina Sidonia, los marqueses de Urquijo, los condes de Güell... Unas cincuenta familias de la Aristocracia con mayúsculas se dan cita en este extraordinario trabajo de Ricardo Mateos Sáinz de Medrano, autor de La familia de la Reina Sofía, una obra que recibió numerosos elogios de la crítica. Un amplio abanico de familias de la gran nobleza, desde las más destacadas casas históricas hasta aquellas que, procedentes del mundo de la banca, la diplomacia, la prensa o la política, han obtenido su título por concesión real. Este libro, que va mucho más allá de los tratados de genealogía y heráldica habituales en la bibliografía sobre el tema, nos habla de pasiones y también de miserias, de pasados gloriosos y destinos truncados, de privilegios de clase y fortunas dudosas/no siempre transparentes, de estilos de vida y alianzas de intereses... No resulta fácil historiar la trayectoria de un grupo social tan heterogéneo como el de la nobleza española, que ha estado íntimamente ligado al devenir de España y a su tumultuosa y tantas veces sangrienta construcción, pero que en la actualidad se enfrenta al reto de dar contenido a su presente. Sin embargo, Ricardo Mateos logra en estas páginas una rigurosa y amena síntesis que transmite a todos los lectores el espíritu de esa vieja máxima francesa por la que no ha pasado el tiempo: «Nobleza obliga».
CONTENIDOS: Primeras páginas del libro: Introducción Cuando en la primavera de 2004 José María Calvín, de La Esfera de los Libros, me propuso la redacción de un libro sobre la nobleza española, mi primera reacción fue de susto ante tamaña empresa. De pronto, títulos, apellidos, grandes personajes, historias curiosas, particulares, e, incluso, sorprendentes e irreverentes, y toda una extensísima maraña genealógica, desgranada en un rosario de siglos, se agolparon en mi cabeza. Y luego vinieron las preguntas: ¿qué enfoque dar a semejante trabajo?, ¿por dónde comenzar?, ¿qué criterio elegir?, y, más importante, ¿cómo separar los hechos de las leyendas y de las a veces deformadas tradiciones orales?, o ¿dónde terminan los rumores, tan ampliamente difundidos en nuestro país, y dónde comienza la realidad? Por una parte, el mundo de la nobleza titulada, aunque muy conocido para mí desde antiguo, se me presentaba como un amplio universo en sí mismo, lleno de particularidades históricas y de matices difíciles de condensar y de hacer inteligibles en un libro como éste, sin hacerlo excesivamente enciclopédico y tedioso. Por otra parte, el tema era lo suficientemente delicado como para tomar aliento antes de lanzarse a esta empresa. La mera mención de la gran nobleza, de la aristocracia con mayúsculas, trae aparejada, de forma inconsciente, y por tanto inevitable e inmediata, toda una serie de connotaciones, muchas veces peyorativas, vinculadas a la idea de privilegio, de clase, de fortuna y de injusticia social, clichés todos ellos con los que no es fácil manejarse puesto que, de forma natural, van de la mano de numerosos prejuicios forjados a lo largo del tiempo y de un devenir histórico poblado de hechos y de situaciones coyunturales. La historia de la nobleza está íntimamente ligada a la de nuestro país y a su tumultuosa, frágil y tantas veces sangrienta construcción. Aún no están lejos viejos fantasmas que pueblan nuestra controvertida historia y, cabe decirlo, no es fácil historiar un grupo social extraordinariamente privilegiado que ha tenido un enorme peso en nuestro pasado, pero que en la actualidad se enfrenta al difícil reto de dar contenido a su presente. Sin embargo, y a pesar de eso que tan acertadamente llama el marqués de Salvatierra , acepté este reto. El origen de la nobleza española se pierde en los tiempos de nuestros propios orígenes como colectividad, pero en nuestro caso, y a diferencia de las tradiciones británica y francesa, siempre especialmente cultas, los estudios sobre la nobleza y sobre las grandes familias son todavía escasos y fragmentados. Hasta hace bien poco, la mayor parte de la literatura sobre el tema se remitía a tratados de genealogía y heráldica de las grandes familias, salpicados de pequeñas referencias a alguno de los personajes más notorios de cada casa, a los que se unían algunas publicaciones más o menos clásicas, en ocasiones excesivamente tendenciosas o hagiográficas, y algunas notables biografías de corte más realista. Solamente en fechas recientes han comenzado a aparecer valiosos trabajos que cabe destacar. Algunos son monografías sobre familias, como el estudio de Ignacio Atienza sobre la Casa de Osuna, el de Onésimo Díaz sobre los Urquijo, o el de Pablo Díaz sobre los Ybarra, muchos de ellos fruto de interesantes y bien investigadas tesis doctorales. Otros son biografías de personajes notables, como la del gran duque de Alba, por el hispanista británico Henry Kamen, la del conde-duque de Olivares, por ese otro hispanista que es J. H. Elliott, o las de autores españoles como Enrique Rúspoli, con su obra sobre su antepasado Manuel Godoy, o Ana de Sagrera con su biografía de la duquesa de Sesto. Finalmente, y en otro ámbito, cabe destacar las obras de historiadores consagrados como Antonio Domínguez Ortiz, sobre las clases dirigentes en el Antiguo Régimen, o de José Antonio Maravall, sobre el concepto de limpieza de sangre en el siglo XVII. Pero escasean los trabajos de conjunto sobre un colectivo que se mueve en un resbaladizo ámbito en el que se hace difícil separar lo público de lo privado. No es fácil pretender ser objetivo al escribir sobre la nobleza y su historia, especialmente cuando uno mismo no pertenece a ese grupo social por extracción, pero está vinculado a algunos de sus miembros por lazos de amistad y de afecto. Ése ha sido sin duda mi propósito, y ello me ha llevado a realizar un significativo trabajo añadido de hacer conscientes mis propios prejuicios, a medida que este libro se ha ido forjando. No he pretendido ofender a nadie, pero tampoco ocultar aquello que es historia, aunque a veces la historia pueda resultarle a alguien un tanto ingrata. En realidad la nobleza, como cualquier otro grupo social, está compuesta de personas sujetas a pasiones, y quizá también a destinos, y las generalizaciones son siempre estrechas de contenido y ciertamente limitadoras. De ahí que en estas muchas páginas podamos encontrar personajes de toda índole, juicios morales al margen, si nos enfrentamos a ellas con la mente abierta. Porque, por otra parte, si bien es cierto que, en su origen, la nobleza se remite, en la mayoría de los casos, al esfuerzo, al logro y a la consecución de algo notable por parte de alguien que, un buen día, mereció el reconocimiento de un título de la Corona, también es cierto, como escribe Rafael de Atienza y Medina, marqués de Salvatierra, que .1 Dadas las particularidades específicas de la nobleza española, he decidido estructurar este libro tratando de títulos, que no de familias, por ser más manejable el presentar a los miembros de una misma familia, portadores de un título a lo largo del tiempo, que tratar a un mismo linaje en sus con frecuencia complejas genealogías y numerosas ramas y títulos. Para ello, he elegido cuarenta y siete títulos del Reino, algunos con Grandeza de España aneja, otros no, que me ha parecido que representan de forma satisfactoria el amplio abanico de este complejo y variado grupo social: desde varias de las más importantes casas históricas, hasta la nobleza más reciente, pasando por títulos concedidos por los reyes de España en las Indias, mercedes del Antiguo Régimen, y títulos concedidos a familias de la banca, de la industria, de la empresa, de la corte, de la diplomacia, de la política, de la prensa y, también, de ascendencia real. No he querido, por otra parte, olvidar los títulos concedidos por aquellos príncipes que pretendieron, con mayor o menor derecho, la Corona de España, en los siglos XVIII y XIX. La historia particular de cada una de las familias tituladas aquí tratadas va precedida de un sucinto árbol genealógico, que espero que facilite la comprensión del lector, pues la historia de la nobleza no puede, en ningún caso, desvincularse de la genealogía, que nos ayuda a comprender las a veces complejas y hasta sorprendentemente enredadas sucesiones de algunos títulos. Por último, no es mi pretensión aquí el aprehender la complejidad de la nobleza como concepto, o el hacer una disquisición histórica sobre un grupo social que, en otro tiempo, fue un estamento en sí mismo. Ése sería un empeño sin duda muy superior, y probablemente más valioso, que mi sencillo deseo de mostrar la historia de unas familias, que contribuyeron a construir esto que hemos venido en llamar España, y no sin esfuerzo y sin merma, a lo largo de muchos siglos. La naturaleza humana, en su intemporal complejidad, no hace, por fortuna, distingos entre, como escribió Jorge Manrique, . Y en estas páginas encontraremos pasiones, grandezas y también miserias. Como escribe, una vez más, el marqués de Salvatierra: […] profesar de descendiente [de un título] no es fácil. Requiere perspectiva y distanciamiento, sentido de la oportunidad y de la medida, circunspección: cualidades que van perdiendo matiz y refinamiento con el ejercicio continuo de ese papel y que son difíciles de transmitir a los herederos. De lo contrario, el descendiente puede acabar formando parte del paisaje, con sus predecibles y solemnes obviedades y frases hechas. Lo que mantiene viva a la nobleza inglesa no es el té en sus residencias campestres, ni sus colecciones y bibliotecas, sino el que continúen midiéndose en el terreno de la política. Es ahí donde prueban sus condiciones y justifican su preeminencia.2 Ésa es, probablemente, la vieja máxima francesa del que, en la teoría, impulsa al titular de una merced nobiliaria a emular a aquel antepasado glorioso al que representa en el presente, por encarnarlo de forma simbólica al ostentar su título. Sin duda no es fácil ser noble, pero es bien lógico también pensar que es ciertamente difícil no intentar serlo.